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miércoles, 26 de agosto de 2015

Los relatos del género negro (II)

Un relato en tres partes

El tipo duro


Si el cine negro ha dejado algo como impronta, como una estela que se ha de seguir por su éxito, por su atractivo para el público es eso que llamamos los tipos duros. El tipo duro, ya hemos hablado de Cagney en El Enemigo Público, resultan fundamentales para toda película de este género, no digamos si se trata de una película de acción.



Cuando hablamos de tipo duro en el cine, a todos nos viene a la mente al bueno de Harry y su más que famosa frase de "Alégrame el día". Este personaje de secuela resulta un guante para Clint Eastwood, quien a pesar de no ser un actor versátil - casi parece que se interpreta a sí mismo - nos ha demostrado sus impresionantes y sorprendentes cualidades como director,



A mí me resulta difícil hablar de cine y no nombrar la obra maestra de "Mystic River", dirigida con un pulso excepcional por Clint Eastwood e interpretada por un trío de actores de gran nivel. El tipo duro Sean Penn, la víctima propiciatoria Tim Robins y  el poli Kevin Bacon. tres clásicos con los papeles descolocados.

Esta película es la gran continuadora del cine negro pues sus circunstancias lúgubres y su terrible final que viene avisado por todos y cada uno de los mensajes precedentes la hacen cruda, desapacible y dura. Continúa a este cine, pero entra dentro de lo que se llama Cine de Autor, porque en su mensaje se excede más allá del arquetipo del "poli" o del gangster.

El tipo duro - Sean Penn - es el reflejo de aquel Harry interpretado por Eastwood, si este era el héroe, aquel es el antihéroe. Donde Harry aplica la justicia, el personaje de Sean Penn aplica la indecorosa injusticia que hace que se conserven los equilibrios sociales. Así la película es un grito de auxilio de este hombre cuya conciencia es apagada por su mujer al recordar a Penn que él solo ha defendido a su familia y a su barrio, que había hecho lo que tenía que hacer.


El tipo duro nace como un subgénero del cine negro y hoy recorre el cine en casi todos sus géneros. Sigo recordando a Cagney cuando habiendo sido condenado a la silla eléctrica recibe el consejo de un sacerdote de morir como un cobarde para no ser ejemplo de los niños que le observan y que le admiran por su valor cuando no es otra cosa que un gángster. Y Cagney le hizo caso,

Un tipo duro que pareciendo un mal tipo se comporta como un héroe. Comparando con lo que le sucede a Sean Penn, cuya mirada de pesada carga de conciencia por ser un villano es, sin embargo, reconocido por su entorno casi como un héroe, protegido y honrado.

La segunda parte del relato prometido, que lo prometido es deuda. No será la última.



La noche tras la lluvia Parte II
(...)
Las pistas eran pocas, las circunstancias conocidas que pudieran llevar al criminal, ninguna. En esta situación solo me quedaba la alternativa de apretar a quien sospechara que sabía algo...; y apretar - en lo bajos fondos - significa pegar palizas, amenazar, extorsionar y resultar convincente para no tener que llegar más lejos todavía.

En los arrabales de la ciudad la dialéctica de los puños y las armas a la vista resultan el discurso más práctico. Los sobornos y la compra de información constituía entonces un universo mucho más civilizado que aquel que aprendí a usar con perseverancia, pues la información tiene un precio razonable al que hay que aprender a poner fronteras, y para eso mis puños se habían forjado en acero incandescente.

La primera paliza que propiné he de decir que me costó, resultó difícil atizar a aquel hombre que tras un comienzo arrogante y altivo se hundió entre sus hombros cuando apreció mi evidente interés por el asunto. La primera paliza que dí me costo días asumirla; poco a poco, el corazón enmudeció y la conciencia se calló, entonces mi alma escapó por las comisuras de mi cuerpo como la arena contenida en el puño de una mano, y acabé por sentirme a gusto con esa dinámica diaria.

Cuando la fama te precede evitas ya muchas bofetadas, pues el temor es la droga que mejor estimula la palabra, mi actitud cambiaba y aprendí que en los bajos fondos nadie calla porque todos tienen que sobrevivir; todos disimulan pero hablan si lo que le ofreces es más contundente que lo que tienen. Una droga, ya digo, que llama a otra droga más dañina todavía.

Así que, si nada me había condenado en el asesinato de Estefanía, ese mismo asesinato había de ser la causa de mi condena personal, de la repugnancia que comencé a sentir por mí mismo. Llegué a descubrir al asesino de la chica pues, pocas cosas se mantenían erguidas cuando me decidía a emplearme con constancia, pocas personas permanecían calladas al batir de mis brazos musculados y resistentes.

Un individuo pelirrojo y pequeño, cuyo nombre olvidé “deliberadamente”, me explicó de forma detallada quién era el autor del asesinato, cómo lo había planificado y por qué había sido asesinada Estefanía. Los pueriles argumentos carecen de poco peso, salvo el hecho de que el mal es tan banal como una sola mirada, como una copa de güisqui o una pequeña discusión. ¿Qué razones había que buscar para matar en aquella época, en aquel barrio oscuro y violento? Ninguna.

Incluso, en un alarde de locuacidad sin límite, llegó a confiarme la razón última por la que fueron mis brazos el lugar elegido por estas alimañas de los vientres putrefactos de mi ciudad, allí donde tuvo Estefanía su lamentable e injusto final.

Esa razón me enloqueció, porque había bastado una pequeña discusión entre los dos, pública y notoria pero circunstancial, para que el asesino se empeñase en que fuera allí – en mis brazos - el lugar donde ella debía de morir... La pobre Estefanía, la dulce Estefanía, cuyos evidentes encantos eran pequeños al lado de su tierno corazón.

El individuo había maquinado el asesinato, me había dejado en evidencia ante una sociedad que tiende a pensar fácil cuando encuentra un culpable. Esa forma de pensar de esa maldita sombra de la ciudad acabaría por ser su perdición. Y la mía, también.

Continué mis pesquisas y encontré al individuo en el mismo club que ahora abandonaba, sentado tranquilamente en la barra con un “J&B on the rocks” que bailaba en su mano parsimoniosa. Allí estaba él, con la frialdad distante de quien posee el mundo en sus manos, de quien dispone sobre lo divino y sobre lo humano con solo hundir su dignidad de hombre con un puño en el pequeño corazón de una mujer.


Me acerqué por la espalda, le golpeé en el hombro y le llamé por su nombre. Él se giró y pude contemplar, en su mirada, el terror.

Un pavor que cobraba forma humana en el reflejo de su iris, una forma imprecisa y bien diferente de aquel que había recogido el cuerpo muerto de Estefanía. Una sombra de mí mismo que se reflejaba en los ojos de un hombre aterrorizado. Mi fama de matón había crecido desde la última vez que lo había visto correr agitando su abrigo y arrancándose los guantes marrones con un gesto despectivo y despreciable.

Sus ojos temblaban más que su propia voz cuando intentó justificar su hazaña. Miré alrededor, solo el dueño nos miraba de soslayo en la lejanía oscura de un club de alterne lúgubre y taciturno como la ciudad, como mi conciencia. Le miré, me vio y regresé a los ojos temblorosos del indeseable asesino de Estefanía rodeado de los cristales reflectantes y callados.


Continuará...

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