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sábado, 5 de septiembre de 2015

La Micronovela Parte II


Russell Crowe en L.A. Confidential

La justicia o la ley

Regresemos a la gran película de LA Confidential, en ella el excepcional reparto da mucho juego. El duelo entre Guy Pearce como el típico "poli" que cree que la justicia se imparte exclusivamente por aplicación rigurosa de la Ley choca contra un Russell Crowe esplendoroso en la interpretación de un "poli" que cree, sin embargo, en los atajos para impartir justicia.




Otra vez el justiciero leguleyo frente al rigorista de la ley. Russell Crowe interpreta a un policía con pocas luces obsesionado con el injusto sufrimiento de las mujeres maltratadas y que aplica de forma taxativa y personal la ley contra los delincuentes. Un matón que defiende el bien.



Guy Pearce es un novato que cree en la aplicación de la ley y que poco a poco se convence de que el proceloso camino de la justicia conduce a que el delincuente acaba en la calle. El conflicto con Russell, el duelo del virginal e inteligente Guy con el matón pero justo Russell está servido.


En la siguiente escena se aprecia los convencionalismos de este proceder y el modo en que ambos entienden el asunto hasta su enfrentamiento. ¿Quién no daría la razón a Russell cuando se aprecia a la víctima sobre la cama maltratada?

Tiene esta escena el toque maestro de ver cómo Russell cubre a la mujer amordazada con una sábana una vez ha impartido justicia, su justicia. La delicadeza del matón de pocas luces con la víctima hace pensar en quién está obrando como debería.

La película aún tiene más miga que la que muestra este tópico tradicional del cine negro. El bien contra el mal. La justicia, la corrupción y sus atajos. Las pruebas y la colocación de pruebas. Hablaré de Kim Bassinger, desde luego. Eso será en otro momento.



La vida real se parece algo a esto, pero se trata solo de cine. Sigamos con la micronovela que tenemos pendiente, la segunda parte de El Pintor también se parece algo a la realidad pero es solo una breve, brevísima, novela.



EL PINTOR – 2ª PARTE
(...)
Me niego a ese mercantilismo – continuó Kevin con el encendido discurso al que con mi torpe pregunta había dado pie - que ya no es que mate al alma del artista sino que lo pone en serio peligro de morir en su cuerpo también. Y eso que yo he vivido muy bien gracias al éxito de mis cuadros. Pero quizás a alguien se le pase por la cabeza darme el pasaporte para revalorizar mi obra, por eso sigo buscando cada vez con mayor intensidad una obra mejor que la anterior. Cada día y en cada pincelada me esfuerzo por sacar la verdad de mi pincel. No hacerlo sería condenarme, de alguna manera, pues entonces mi obra valdría más si yo me muero; mientras quede todavía algo pendiente por hacer, algo que mejorar...”

  • ¿Y lo consigues? - corté el discurso secamente para intentar reorientar la conversación.
  • Pero hombre de Dios. ¡Eso me lo tendría que decir usted! Porque, al fin y al cabo, ya conoce mi respuesta.
  • Podría aventurar una y, quizás acierte; pero esto del periodismo me ha calado tanto que, a menos que me obliguen a hacer un artículo de opinión, no formulo hipótesis sobre lo que piensan los demás. Mi oficio consiste en formular preguntas y dejo que ellos se definan... No siempre con acierto, tengo que decir.

Esperó a que el camarero pusiera las dos tazas de café humeante. Un café oscuro y cargado – el mío – con un fuerte aroma a torrefacto, y un café aguado el suyo – americano, pedía últimamente –. Acompañó la ocasión con una tostada, aceite, sal y tomate de paso que me pedía disculpas por el café, “prescripción médica” decía; y por la tostada, “no he desayunado”, confirmaba con una sonrisa cortés y pícara. Una mirada que resultaba casi infantil.

  • ¿Decías?... Ah, ah sí. Aventurar una respuesta... Los periodistas sois ciertamente unos supervivientes cuando queréis escapar de cualquier cuestión incómoda que suponga algún compromiso con la verdad. ¡Que la diga otro!, decís siempre. ¡Es genial!, simplemente genial. Pues te voy a contestar, pero con la firme promesa de que jamás escribirás lo que te diga.
  • Palabrita de niño Jesús, es “off the record”. Y en mí, eso vale. Créeme, los periodistas tenemos una ética especial, distinta, y respetar el “off the record” forma parte de esa ética. Si algún día yo lo quebrantara, dejaría esta profesión que tanto amo.
  • Bueno... - su mirada inquisitiva se relajaba y las arrugas volvían a su rostro de forma natural. Su rostro se transformaba pasando del ogro agresivo que producía pavor, al “ancianete” que recogía a su pequeño nieto en el regazo paa contarle un cuento, pura ternura. – Pues es que... todos los artistas hacemos de esto nuestra profesión y resolvemos con ligereza y calidad todo lo que hacemos. Algunos buscamos cierta originalidad que, al final, resulta artificial pues la originalidad empleada de forma permanente se hace rutina y, claro, originalidad y rutina son eso que llaman “los que saben” un oxímoron (“contradictio in terminis”, según los romanos). Cuando estás muy cansado miras lo que otros han hecho, y te aporta cierta inspiración; pero nunca nada es tan bello como las primeras obras, como aquellas en que has vencido tus miedos y la necesidad te obliga a buscar y rebuscar en tu interior algo bueno que ofrecer. Algo que te dé el prestigio suficiente como para vivir de lo que más te gusta. El hambre como elemento definitorio de la necesidad es el mejor acicate del artista. El que lo es, lo consigue, y hace sus mejores obras entonces...
  • Sí, bueno, pero acabas de hablar de un novelista que no consiguió el éxito que tenía merecido...
  • Oh, sí. Es verdad, pero aquel fue un caso especial. Tampoco Van Gogh salió adelante con su esplendorosa obra. Pero son las excepciones, y eso es irrebatible. Excepciones que, además de confirmar la regla, tienen una explicación digamos..., más que razonable.
  • ¿Ah, sí?
  • Oh, sí. El pobre desdichado aquel se metió en un jardín que tenía difícil solución, mientras que Van Gogh era un artista verdaderamente particular. Su estado anímico y su obra son indisociables; es seguro que, si su vida no hubiera sido tan breve, hubiera llegado a vivir de sus cuadros. Pero es que su obra, su enfermedad y su trágico final son la misma cosa. La belleza de su arte resultaría independiente del pintor en un autor realista, pero en él sus cuadros anticipaban un final trágico, como trágica era su vida. Eso es lo que viene en revalorizar al autor y a la obra. Este lamentable final. Pero..., ¿no era que iba a dejar que yo le diera mi opinión?, viendo su incomodidad parece algo contrariado con mis consideraciones.
  • Oh..., no se crea, me ha sorprendido porque conozco su obra bastante bien y no me parece que sus primeros cuadros sean las mejores, la verdad. Se aprecia lo que va a llegar a ser; se entrevé algo nuevo, algo bueno... pero diría que resulta exagerado decir que son sus mejores obras, con toda franqueza. Quizá le tenga usted un aprecio especial porque fueron las obras que le dieron a conocer...


Resultaba extraño verle inquieto tras escuchar mis opiniones. Quizás no estuviera acostumbrado a un contrapunto como el mío pues su fama era tan notoria y tan generalizada que hacía años que nadie le llevaba la contraria. En cualquier caso, si había leído mis artículos muchas veces – tal y como presumía –, sabía que sus cuadros más reconocidos eran los de sus últimos años. No debiera sorprenderle tanto mis apreciaciones políticamente correctas al respecto de su obra.

La insigne obra que decoraba el museo de Arte Contemporáneo por antonomasia de la Ciudad de Nueva York - el MOMA - había asombrado a todo el mundo por su frescura y cromatismo, por su capacidad de hacer ver lo que nadie había visto en un cuadro. Los ojos vidriosos de sus personajes eran un mundo de sentimientos contradictorios; el paisaje decolorado y transformado - gracias a ese efecto del color - en un puro espíritu del que todo sale y al que todo regresa; la quietud de su universo, la trascendencia de su paleta de colores, la profundidad de su conocimiento del hombre y de la mujer.


Aquel era un cuadro que suponía una radiografía sana de un mundo enfermo, la mejor mirada que el hombre era capaz de proponer con sus propios ojos. Una obra cumbre que impactó de tal manera a todo el mundillo que prácticamente todos los críticos estuvimos de acuerdo por una vez en la vida. Y, sin embargo, Kevin sostenía que sus mejores obras eran las primeras. Era tanto como decir que nadie sabía de pintura.

  • Pues, créeme lo que te digo. Es cierto, mis mejores obras ya las he realizado y, sin embargo, he de esforzarme por encontrar algo mejor porque todavía no he alcanzado la belleza que busco. Tengo como inspiración la obra inédita de este hombre y una pequeña y sublime obra “manierista” que tengo en casa con el color adecuado que busco, la carga de tinta que ligue al espíritu definitivamente en el cuadro con sus formas alargadas de despierta espiritualidad. Busco la mirada que el Greco pintó en su “Cristo abrazado a la cruz” pero trasladada al hombre actual y no la encuentro... ¡No la encuentro! Esa sí sería una gran obra que me temo habrán de realizar otros porque yo estoy casi sin inspiración, amigo mío.


Se detuvo un momento con la mirada perdida en un infinito distante al lugar que ocupábamos. En su mirada veía toda su obra y dejó descansar la cabeza sobre sus dos manos sollozando como un niño que ha perdido todos sus juguetes, toda su imaginación. En sus palabras podía apreciar que algo grave sucedía, ¿pero qué? Mi instinto natural me advertía de algún terrible secreto oculto tras sus palabras metálicas, tras su trascendente conversación sobre su vida y su obra. Secó sus ojos vidriosos y recuperó el tono para acercar su café a los labios y dejar que la cálida bebida despertara sus sentidos.

  • Mira, te voy a contar la historia de este novelista anónimo. Su historia es la que me mueve a continuar pues, en parte, quiero reponer su fama.



Continuará (...)


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