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martes, 15 de septiembre de 2015

La Micronovela Parte VII. Final de El Pintor

El thriller psicológico

El papel del director, Jonathan Demme

Jonathan Demme es un irregular director que mezcla grandes éxitos de crítica y taquilla con sonoros fracasos en ambos aspectos. Sin embargo con El Silencio de los Corderos realiza una magistral dirección. Muchos dirán que contó con un magnífico guión y grande actores, ya protagonistas o de reparto. Y es cierto, en parte.

Jonathan Demme Jodie Foster
Jodie Foster con Jonathan Demme en una secuencia del comienzo de El Silencio de los Corderos

Demme contó con actores excepcionales, con un gran guión adaptado de Ted Tally (también oscarizado) basado en una novela trepidante, un Best Seller bien elaborado y con gran éxito. Y esa conjunción de factores podría hacer de menos la labor de director, sin embargo hay dos o tres cuestiones que - en mi opinión - son asuntos del director y que están magistralmente realizadas.

La dirección de actores es más fácil con buenos actores pero pensar que los papeles de reparto y los dos protagonistas funcionen tan bien, sin que se pisen unos a otros, sin que se anulen y hagan un trabajo de realce de los propios actores protagonistas sin que el director intervenga, me parece poco creíble. Esa es una tarea del director.

Anthony Hopkins y Jonathan Demme
Jonathan Demme y Anthony Hopkins, ¿necesita director?

El ritmo trepidante, el comienzo de la película, la aparición estelar de Hannibal Lecter . inquietante secuencia que todos tenemos grabada en la retina -, el desenlace de la trama  con ese montaje de secuencias en lugares diferentes donde el espectador queda confundido por el lugar y el momento. Ese epílogo inquietante que tanto me recuerda al inquietante Robert Mitchum en el Cabo del Terror.

Final inquietante de la película
El cabo del miedo Robert Mitchum momento inquietante
¿Un guiño de Jonthan Demme al Cabo del Terror interpretado por Robert Mitchum?

Jonathan Demme mereció el Óscar al mejor director pues aunque todos los astros confluyeran para que esta obra maestra del thriller la hiciera él, su labor es extraordinaria, Se nota su mano que maneja bien el tópico de este cine y su magnífica dirección de actores.

Pongamos punto final a la Micronovela, Espero que os guste.
Los Óscar de El Silencio de los Corderos
Rara vez los Óscar premian a una película de terror, El Silencio de los Corderos es más que mero terror.




El Pintor. Parte VII


CAPÍTULO III ¿QUÉ FUE DEL MARINERO DE PRIMERA GERARDO MONTAÑERO?

Una llamada me despertó de la pesadilla, la cama estaba ensangrentada pero me encontraba en casa. El teléfono sonaba atronador y la brecha abierta en la cabeza ya estaba coagulando. No podía comprender mi estado de aturdimiento, ni la razón por la que seguía vivo. Pero seguía respirando y no pude más que dar gracias a Dios por el regalo de la vida de forma compulsiva y torpe.

Al otro lado del teléfono, el Comisario Gutiérrez Almenar me confirmaba que habían encontrado el cuerpo muerto del pintor Kevin Shepard con una nota de suicidio en la que me nombraba, cuestión por la que que me comunicaba esta circunstancia por teléfono.

  • ¿Cómo? No me lo puedo creer. Pero si acabo de... En fin, ¿puedo ir allí?... A su casa, de acuerdo... ¡Allí estaré en media hora!, gracias.

Una sensación de angustia recorrió todo mi cuerpo. Colgué el teléfono en estado semiinconsciente. Me parecía increíble que, justo después de investigar en función de sus sospechas, se hubiera suicidado. Me duché de forma precipitada limpiando los restos de sangre que quedaban por mi cuerpo y me vestí con ropa limpia. Conduje Castellana arriba a una velocidad endiablada y alcancé la calle de Agustín de Foxá en tiempo récord. Al leer el letrero, recordé aquellos versos que escribió el poeta que daba nombre a la calle:

"Y cambiaste la rosa por las algas amargas,
la muchacha terrestre, por la fría sirena
y has cruzado, volando, el jardín de los buzos.
Donde el pez, de ojo inmóvil ve brotar la tormenta..."

Aquel marinero del que hablaba Kevin cuya vida disoluta le condujera hacia los mares tenebrosos de los bajos fondos. Al lugar donde sólo conocería el dolor y la corrupción del hombre; donde la derrota amarga le llevaría al suicidio desde un acantilado en las cercanías de la ciudad de Santander. Aquella historia, era la historia anticipada de Kevin pues él era ese marinero que se suicidaba.

Al leerme esa carta reflejaba lo que le venía sucediendo en su propia vida. La gravidez por la amarga sensación de la culpabilidad pesaba en mí alma. Mis torpes movimientos, mi desconfianza hacia sus palabras, habían precipitado unos acontecimientos que quizá fueran irremediables, pero que no palié en absoluto. No llegué a tiempo de comprender su estado de angustia, su sensación de impotencia ante su pérdida de equilibrio, ante su pérdida de inspiración.

Al entrar en el estudio, pude encontrar un cuerpo inerte y con los ojos abiertos de forma expresiva y extraña. El cuerpo colgado de la viga con esa mirada extraviada resultaba idéntico en lo formal al cuadro que había descubierto hacía unos días. Quizás al pintarlo anticipara este hecho, esta tragedia. Ese cuadro enloquecido que no valía nada por su calidad y estética y que ahora, ¿azares del destino?, elevaba su valor a una suma cuantiosa imposible de calcular.

Allí estaría imperturbable, amenazador y expectante el cuadro cubierto por su fealdad y, enfrente, el cuerpo penduleante del gran pintor Kevin Shepard. La tristeza se anudó de repente en mi garganta y una congoja infantil - pueril forma de demostrar la enorme infelicidad que sentía - brotó de mi boca pastosa. Un esbozo de llanto que no pudo salir del todo pues cuando te haces mayor pierdes la naturalidad para expresar el sufrimiento.

  • Buenos días. Esta es la nota que dejó. En ella le nombra y agradece su trato de los últimos días y sus esfuerzos por sacar al mejor pintor posible que había en él. - Leí la carta manuscrita de su puño y letra, algo temblorosa. Esta terminaba de la siguiente manera: “...Le dedico mi cuadro, La Colina Mojada. Cuadro que le lego a su propiedad.”
  • Pero, pero..., ¡esto es absurdo!
  • ¿Cómo que es absurdo?... Es una nota de suicidio... no esperará... ¿Es que cree que no es suya la carta?
  • Oh sí, si que lo es... La letra es suya, sin ninguna duda. Lo que no es suyo es el cuadro que me lega tan generosamente. Ese es un cuadro de Genaro Benavides Lerma, mire – Tomé la carta que estaba entre los papeles del pintor, donde la empresa Marchantes de Arte hacía la supuesta sutil amenaza y se la mostré al Comisario – Lea Comisario..., con esta nota de suicidio está señalando que lo sucedido aquí es un asesinato y que este es el responsable, lea.


El comisario leyó la carta y ordenó tras pasarse varias veces la mano por la cabeza, como tratando de unir unas piezas de un rompecabezas que no acababa de encajar, la inmediata detención del señor Garríguez, director de la empresa. No tuve que emplearme mucho en convencer al comisario pues, tras la explicación de mi larga conversación con el propio Kevin, el asunto quedaba aclarado.

El resto de la historia no es más que una pena que sucumbe en el fondo de mi alma pues - aunque se hubiera apresado a los culpables por el ingenio y la rapidez mental de Kevin - él ya no podría pintar esa mirada que le obsesionaba, ni departir amablemente entre locuras y certezas conmigo sobre pintura.

Hurté del legado del pintor el manuscrito y alguna de las novelas de las que me habló. Leí el manuscrito. En él se relataba las peripecias sufridas por el marinero de primera Gerardo Montañero y la obra, esto era cierto... absolutamente cierto, era una gran novela con intriga, misterio y muchos datos verosímiles sobre una época convulsa como pocas de nuestra dilatada historia.

Una historia que, una vez publicada, levantaría ampollas entre los profesionales y estudiosos. Pero no iba a ser publicada jamás para respetar la voluntad de su dueño; aquel que había conservado entre sus manos el arte puro y, en su alma, la esperanza de pintar esa mirada que, desde lo alto de un acantilado mojado y perdido en la historia, analizaba su pasado y su futuro. Aquel acantilado húmedo y definitivo desde el que dijo adiós a este mundo.

EPÍLOGO

Cabo Faro Mayor
Acantilado de Faro Cabo Mayor en Cantabria
Desde lo alto soy capaz de adivinar, donde se junta el horizonte, el lugar en el que España perdió sus ultimas posesiones de ultramar. Allí, en las Lomas o en el mar caribeño; al lado de Bustamante, primero, y otros oficiales de grato recuerdo como Cacú, mi amigo, aquel que arriesgó la vida para intentar salvar a un marinero moribundo que tristemente falleció sobre las rocas de la playa; libramos una batalla desigual contra un enemigo superior y contra los amaños políticos de turno, héroes que tapaban el desconcierto político del momento.

En estas lejanas tierras de Cantabria reconozco que mi vida se ha ido al garete, pues los encuentros fortuitos han sido mi infortunio. No tengo retorno posible a tierra firme desde este acantilado. A mis espaldas me acosan y persiguen para que entregue la vida. Cosa que voy a hacer en este preciso momento de desesperación consciente, con la esperanza de que el Divino Hacedor que me creó comprenda y conmute el pecado cometido a cambio del sufrimiento padecido.

Carlos Díez - Boceto 2. Origen: Blog propio del autor
¡Qué hermosos son estos verdes prados!, ¡qué bella se ve la mar besando febril a la roca dura del acantilado desde lo alto!

Un último ruego, antes de tomar el valor necesario para afrontar esta cobardía:¡Acógeme Padre!”

Esta sorprendente carta manuscrita apareció en el forro del libro que le “robé” a mi tristemente finado amigo, Kevin. En su memoria la transcribo para que conste la última voluntad de aquel marinero que se había ligado a la vida del propio Kevin con tanta fuerza. En su memoria lo hago también. Y me pregunto ahora por las almas unidas de un pintor y un marinero como los versos de Foxá.

"Subirás en verano, de los turbios abismos
para ver las naranjas, y la novia y las huertas,
tú, sin peso y sin sombra, desterrado fantasma
cuyo cuerpo no puede ya dormir en la tierra."

Un poema que recuerda a la Elegía de Miguel Hernández: “volverás a mi huerto y a mi higuera, por los altos andamios de las flores...” pues no es diferente la forma de verlo de ambos poetas.

El metro engullía a las personas que corrían con prisa para regresar a su hogar y volver mañana con la misma prisa. A mí no me cogería la prisa - dueña de la ciudad -, decidí pasear los cinco kilómetros que había hasta mi casa bajo la lluvia y sobre las aceras.

Con gesto altivo encendí la pipa y empecé a caminar hasta que una mujer me golpeó con fuerza y... cuando esperaba la reprimenda y la mirada que me diría eso de.. “¿Es que no tiene usted prisa?”, la sonrisa de una bella joven me devolvía la esperanza en la humanidad entera y atrapaba mi mirada haciéndome perder veinte años.

  • Perdón, es que iba con prisa. Estas dichosas prisas...
  • Oh, no se preocupe. Tome este paraguas, creo que se le ha caído.
  • ¿El paraguas?... Oiga usted es... ¿Como se llama?... Alfonso Darín el crítico de arte, ¿verdad?
  • Sí, no suponía que me reconociera alguien por mi físico... - recordé aquello que Kevin me había dicho en la primera entrevista que le hice, “un creador ha de ser valiente cuando llega el momento, si no este se va y no regresa jamás” - Oiga, ¿quiere tomar un café? - le hice caso a aquel viejo consejo.
  • Eh, ¡desde luego! – La lluvia caía con fuerza sobre nuestro paraguas compartido, pero las prisas quedaron aparcadas.

De la mano con una bella mujer - se llama Mónica -, disfruté tranquilamente del ruido de la lluvia sobre el tráfico infernal. En el preciso momento en que la prisa se confunde con la ciudad y lo moderno engulle todo a su alrededor tragando a toda velocidad a las personas que habitan la cosmopolita urbe de Madrid. En uno de los muchos bosques donde habita el hombre actual y todo parece que acabará mal, me permití el lujo de un final feliz.




Inquietante Anthony Hopkins como Hannibal Lecter


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