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viernes, 2 de octubre de 2015

El encierro del escritor Parte I

La personalidad del escritor

Desequilirios y equilibrios de un escritor

Me da rabia, pero no recuerdo qué escritor dijo recientemente en un programa de radio que el escritor a la hora de escribir necesitaba cierta dosis de desequilibrio emocional. Un cierto desequilibrio necesario que exclusivamente se corrige escribiendo, contando esa historia que necesita (las más de las veces es así) contar, narrar o describir.

Cuando analizas la biografía de muchos escritores de novelas de renombre percibes que no siempre son gente con demasiada fortuna, que carecen de algo necesario o importante o que tienen un hambre voraz en cuanto a ambición literaria se refiere.
El Quijote y la luina
Don Quijote de la Mancha, Rocinante y la luna

A nadie se le escapa que si a Cervantes le hubieran garantizado un buen empleo, hubiera tenido una juventud acomodada, le hubieran reconocido sus buenas dotes de entremesista o poeta -si no existiera entonces Lope de Vega, por ejemplo -; si Don Miguel de Cervantes no hubiera visto en su propio padre un cierto desequilibrio emocional, no hubiera tenido que escapar de Madrid a Italia y combatir en Lepanto tras un extraño episodio de desencuentro, duelo y condena real, si no hubiera sido secuestrado y pasado cinco años de injusto cautiverio en el Norte de África, por ejemplo.

Si Cervantes no hubiera tenido que recorrer Andalucía de arriba a abajo varias veces, pasar por tierras de La Mancha un sin fin de ocasiones ejerciendo el denostado oficio publicano; si Miguel de Cervantes no se hubiera topado con la institución humana de la Iglesia tantas otras veces en mala fortuna, si no hubiera dado con sus huesos en un calabozo hasta en tres ocasiones, por ejemplo.

Adarga, espaldar y lanza en astillero
Adarga, espaldar, yelmo y lanza en astillero

Si Miguel de Cervantes y Cortinas hubiera tenido un poco de fortuna en su vida, nosotros no conoceríamos a Don Quijote de La Mancha - el Ingenioso Hidalgo -, ni tendríamos hoy a la novela como el principal género literario, pues él fue quien con su hambre voraz de éxito rescató este género menor y lo elevó a las altas cumbres del mercado global... ¡en el siglo XVII!

Esta sensación de vértigo que ofrece la vida de Miguel de Cervantes Saavedra, el cual tampoco tuvo la fortuna de amar con éxito, ni de recibir la recompensa merecida por lo que hacía y que se paso media vida haciendo "la rosca" a su mentor literario, es la que produce como inicio su propia obra maestra.

El Quijote enajenado
¿Elogio de la locura o de la cordura? ¿el yo oculto de Cervantes?

Por eso, me pregunto en ocasiones si este buen hombre, de  hondo conocimiento de la especie humana, de sus grandezas y miserias morales, no vería en su personaje a un "alter ego" de sí mismo; a una creación esperpéntica quizás (¿no sería entonces Valle un mero continuador de Cervantes nada más?) que brota natural de su propia personalidad.


Hay quien defiende la tesis de que tal personaje (Alonso Quijano, El Bueno, me refiero) existía, pero a mí me resulta imposible pensar que los personajes creados por un escritor (deformados sin ninguna duda) no sean si no recreaciones literarias de cosas que siente y ve, padece o percibe en el padecer de otros... Creo que los personajes viven en simbiosis con la propia personalidad del autor, aunque sean muy diferentes al mismo, tantas veces.

Cervantes y su discurso
Miguel de Cervantes tenía un discurso, El Quijote es careta quizás de su mensaje
El bueno de Cervantes y tantos otros obtuvieron obras cumbres desde un desequilibrio emocional que padecieron, ¿quién lo duda? Otros lo han conseguido con un equilibrio que solo permite pensar que el interior de su propio cerebro es de una imaginación desbordante que llega mucho más lejos que su aburrida vida, pero esa es otra historia pues no creo en el buen escritor sin experiencia de vida como no creo en el buen paisajista que pinta solo fotografías..

Seguiremos con este psicoanálisis del escritor, pero toca ahora empezar e introducir mi siguiente Relato Breve, Cuento o Leyenda:


EL ENCIERRO DEL ESCRITOR. INTRODUCCIÓN
Granville automatic 1896
Granville automatic 1896

Como cada mañana, metódico como un relojero, preciso como el mismo reloj en las manos de ese metódico relojero; Javier se sentaba en el escritorio de su despacho, miraba la habitación y comprobaba que todo estaba igual, tal y como a él le gustaba. La silla en su lugar bajo la mesa de caoba, la máquina de escribir cubierta con la tela antiadherente de color rojo burdeos y la contra entreabierta.

La ventana de cristales biselados y contras de madera roja era su único espacio abierto al mundo, lo único que se permitía en sus largos encierros organizados para escribir la novela en curso. En la parte baja de la casa, a la vista de esa ventana, la rompiente se hacía espuma debido a las olas poderosas que el Océano traía de la misma forma metódica que el relojero reparaba el preciso reloj. Así se pasaba cinco minutos en estado semivegetativo viendo cómo rompían las olas, viendo cómo se iba la mar de nuevo hacia dentro mismo del Océano. Metódica como una relojero.

A Javier le gustaba escribir a máquina pues denostaba los aparatos informáticos y más los procesadores de texto que subrayaban los errores ortográficos o las erratas. Más allá de los errores comunes de toda corrección mecánica le inquietaba las correcciones certeras, ese inútil subrayado en rojo que ya sabía que estaba mal, No tenía la más mínima intención de privar de empleo y sueldo a los correctores de la editorial pues sabía a ciencia cierta que su labor no era la de un gramático sino la de un creador.

En ocasiones le gustaba jugar con la ortografía y emplear dobles sentidos en sus frases para tener algo que discutir con este o aquel corrector que la editorial le hubiese asignado como “sparring” de ese combate que estas tienen con sus mejores escritores. “Caprichos de un escritor consagrado”, comentaba cuando alguien le hacía ver la maldad de ese comportamiento. Él sabía que los becarios se lanzaban a degüello de cualquier corrección con la intención de demostrar sus conocimientos y valía. Así, presumía Javier, de ahormar al toro bravo: si aprendían la lección, al poco se volvían humildes en sus expresiones y negociadores en su posición, dejando la última palabra a quien le da de comer.

En caso contrario, cometían dos típicos errores: o bien se empecinaban en mantener su postura a costa de todos – poco duraban en la empresa, pues un pequeño ataque de soberbia los ponía de patitas en la calle – o bien se volvían sumisos y temerosos. En ese caso era Javier mismo el que decidía el poco valor que tenía ese muchacho atemorizado de perder su puesto de trabajo: “Quien teme perder su puesto, ya ha perdido su trabajo”, solía repetir duro y metálico cuando alguien le afeaba algo la conducta.

Así era Javier cuando escribía, preciso y metódico como un relojero; ajustado a la hora como el reloj de un buen y profesional relojero.

Paisaje de El encierro de el escritor
Paisaje de El encierro de el escritor

Continuará (...)

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