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miércoles, 24 de febrero de 2016

El sitio de mi recreo II

Siempre quise ir a LA, también

Una sinfonía en diez movimientos, segunda parte

Hay canciones que marcan una época de tu vida, canciones cuyo sonido evoca una persona, un momento, un día preciso de tu historia personal. Son canciones que vienen a la memoria con el grato recuerdo de un aroma, de un ambiente o con un rayo de sol incidiendo sobre tu piel todavía sin curtir.



Este es el caso de "Siempre quise ir a LA" (en realidad, Cadillac Solitario), interpretada por Loquillo y compuesta por Sabino Méndez. Aquella pareja que produjo de lo mejor que se ha producido en España en cuanto a música de bandas de Rock. A veces peleados, a veces reconciliados, Sabino parecía componer sus canciones con la personalidad de Jose María Sanz - Loquillo - y los acordes precisos para las distintas bandas con las que tocaron, yo me sentí muy identificado con los Trogloditas de Ricard Puigdomenet & co.

La historia de la canción es sencilla, cuenta la amargura que siente el Loco en la colina del Tibidabo al lado del Pub Mervellé tras otra aventura de tantas junto a una rubia que "vino a probar el asiento de atrás" de su Cadillac Solitario. Él se queda contemplando su ciudad desde esa colina y recordando los viejos momentos vividos junto a uua chica a la que canta, que ya no está a su lado y que se ha ido lejos (quizás a LA). La canción comienza lenta y va "increscendo" hasta que un grito desgarrador brota de la castigada garganta de Loquillo mostrando la desesperación por la pérdida de su "Nena", ya decente mientras él permanece melancólico y borracho en su Cadillac Solitario.



Mi historia personal es que al escucharla recuerdo aquellos conciertos y aquel encuentro fortuito con Loquillo saliendo de un Porsche 924 de (supongo) el dueño de la discoteca Clangor con quien les únía algún acuerdo comercial. Una discoteca, con triste final, pues sufrió años después de aquel encuentro un atentado de un grupo terrorista que acabó con la vida de tres jóvenes y supuso el fin de aquel lugar.

El loco, por entonces, más Rocker que otra cosa, vestía la típica chaqueta bicolor con la T de los Trogloditas y el Pájaro Loco con la bandera Sudista en la espalda, pantalones pitillo de corte "pescador", tupé espectacular y zapatillas altas del tipo John Smith. Un toque retro aire "años 50" americanos. Recuerdo que un colega y yo le pedimos un autógrafo que escribió en una página del libro de filosofía.


- Filosofía, ¡qué mal rollo! - nos dijo amable y simpático. Nos firmó en la página que habíamos abierto sin más donde trataba la Filosofía de las Ideas de Platón - ¿Vais a venir al concierto?

- Claro, "Loco". No faltaremos. - Guiñó un ojo y se volvió con su colega, el dueño de aquel Porsche rojo caminando como de puntillas y a grandes zancadas.

Meses después, en el examen de Filosofía de Selectividad, los autores que cayeron fueron  a elegir entre Inmanuel Kant y Platón con "el Mito de la Caverna" y el mundo de las ideas. Entonces recordé que la firma del Loco estaba en la página que halaba del Mito de la Caverna y cuando ya me había decidido por seguir al idealista Rocker y su autógrafo, sonó procedente desde un Cádillac de segunda mano estacionado en el aparcamiento de la Facultad donde hacíamos los exámenes la canción "Cadillac Solitario", o sea... "Siempre quise ir a LA, dejar un día esta ciudad. Cruzar el mar en tu compañía...".



Mi amigo y yo nos miramos a lo,lejos y optamos por el idealismo de Platón y el Mito de las Cavernas mientras disfrutamos de cinco minutos gozosos con una canción épica, de ritmo lento y cadencioso, amarga como pocas pero dulce en el recuerdo. El calor resultaba asfixiante y la Filosofía estaba aprobada, quizás gracias al autógrafo de Loquillo. ¿Quién sabe?

A eso me recuerda esa canción cuando suena, al calor de los meses en que se aproxima el verano y a la Filosofía de Platón y al rechazo visceral y sinsentido del bueno de Kant.

Bueno, una vez contados los recuerdos del abuelo, volvamos con la Sinfonía en diez movimientos que ayer empezábamos y que teníamos pendiente, quedará una tercera parte para otro día. Quizás mañana,.. ¿qué sabe nadie?.



Sinfonía en diez movimientos
Segunda parte (...)

Cuarto movimiento: “Siempre que bajo la escalera 68, pienso en ella. El ritmo establecido por el chillido de la escalera me recuerda nuestro encuentro fortuito, los labios y su piel desnuda. Hoy, sin embargo, he decidido no esperar ni un minuto más, continuaré hacia el trabajo y, de regreso, hacia casa sin detenerme un instante en el pasillo.
Ha pasado a mi lado el hombre del bigote engominado con un vendaje en la cabeza, se ha cruzado con la anciana de la bolsa de Mercadona y ha girado dando un rodeo enorme para evitar que le viera. Creo que considera que le trae mala suerte... y algo de razón tendrá porque cuando ella levantó la mano para saludarlo, el hombre ha tropezado nuevamente y se ha dado un buen golpe con el puesto de pan y pasteles. No ha pasado nada. He girado la esquina y me he tropezado otra vez con ella, su sonrisa quedó a mi altura y nos besamos nuevamente sin mediar palabra. Su ondulada y pelirroja cabellera, su piel de plata y sus labios dulces me hicieron olvidar que existen las palabras.”

Quinto Movimiento: “El sol me despierta nuevamente y se ha vuelto a ir sin avisarme. Me siento extraño, querido y despreciado. El ruido estridente de los coches me recuerda que es sábado, pues la sinfonía del día varía según el momento de la semana. Ya no sé si estuve nuevamente con ella o fue un sueño su presencia. Me preparo un café, y descorro las cortinas... Pienso en ella nuevamente como un solo de piano en medio de la nada..., la orquesta se apaga cuando ella aparece, el metal está en el metro con el torpe trombón de la mujer de la bolsa de Mercadona y los redobles son los coches. Pero siento que faltan los violines..., esta sinfonía exige menos pasión desenfrenada y un rato de conversación a la luz de una vela.
El solo de piano, pelirrojo, aparece sorprendente y sin nombre. Soy, al final, el director de orquesta, una batuta que es movida por la sinfonía y no domino ya mi vida. Empiezo a desesperarme, tengo que verla de nuevo y detenerla un instante antes de que su escala me conduzca a los lugares desconocidos de la aurora y el ocaso simultáneo. Debo imponer un orden porque me gusta, pero me hacer sentir vacío en su ausencia. Ese solo de piano tiene que tener un nombre.
El café humeante con su toque torrefacto se desvanece al correr de las cortinas y el silencio de los coches cuando recuerdo que tengo un partido de Pádel con Roberto.”


Sexto Movimiento: “tras la ducha, le comento a Roberto lo de mi solo de piano sin orquesta y alucina de que no tenga nombre todavía. Considera que debe tenerlo y que yo no lo conozco, pero no sabe lo que dice. Ella no tiene nombre porque tengo su sabor intenso en mis labios, su ternura en mi pecho y su acrisolado pelo resbalando por mi cara. Ella no tiene nombre porque es un encuentro fortuito, como un terremoto que todo lo desordena, como el metro que llega tan a deshora que hace cambiar toda el sistema organizado. Como si levantaran la Castellana entera un lunes de mañana en hora punta, una locura, una sinrazón y una impostura. No, lo siento, ella no tiene nombre... todavía.”


Séptimo movimiento: “un mal día en el trabajo y de regreso por el metro espero no encontrármela de nuevo, hoy me siento odioso y odiado y temo vengarme en su mirada de este desastre de momento. No quiero pensar más en los errores cometidos, no quiero pensar en el tormento de soportar la caradura de la gente. No puedo entender cómo se puede aprovechar nadie de pequeños errores de cálculo haciéndolos cobrar tan caro. El metro apesta a metal y pan, la gente se ha vuelto fea de repente y pasa, esta vez sin tropezar, la anciana de la bolsa de la compra y el hombre del bigote engominado.
Este se queda quieto cuando ve pasar a la anciana y comienza a caminar, una vez que ha pasado y no le ha visto. Un pequeño gesto al arrancar le impide tropezar de nuevo y giro la esquina y... está ella de nuevo frente a mí. Nuevamente su sonrisa delata que no me espera deliberadamente y que sigo siendo una agradable sorpresa para ella. Un sol a mediodía tras una mañana de lluvia intensa, así es ella también para mí. Sus labios dulces se cruzan nuevamente como antes y caemos rendidos en una hoguera de silencio cuando el in crescendo de violines suena por primera vez en un compás lento de piano, relajante, dulce y apasionado.
Dormimos juntos nuevamente y cobra sentido la ciudad en sus brazos como una melodía organizada y afinada, poderosa e inclemente. La vida se hace paso en el vivir cotidiano y la sorpresa es un don perfecto, un regalo en forma de sinfonía. El séptimo movimiento es el mejor, el más poderoso y armónico de todos, una aurora de sol e improvisación, una pastoral juvenil y dichosa, un día de primavera con Walkirias a caballo de un firmamento perfecto. Quizás sea porque empezó mal el movimiento que lo sublime destaca con evidencia como el corazón latiendo en el medio de la polución de esta ciudad maldita”


Continuará
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