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martes, 9 de febrero de 2016

La curiosidad

Sin más preámbulos, os presento este breve relato... Curioso, curioso. Espero que os guste. Y para dar una pista, tiene que ver con...


¿Conoces a Joe Black?


Y el título del relato es...

LA CURIOSIDAD



La puerta abierta invitaba a entrar en la habitación. Entré sin demora empujado por esa invitación y la curiosidad. En su interior, la luz diáfana entraba desde la galería que daba al exterior. El viento mecía las cortinas empujando su blancura hasta ocupar el lugar. Al fondo, rodeada de luz, descansaba una mujer desnuda. Su piel dorada parecía dormida de forma plácida mientras yo dudaba entre seguir contemplando la belleza de ese cuerpo tendido o salir de allí como huyendo de mi curiosidad. De repente un pequeño reguero de sangre casi inapreciable en el lado izquierdo y bajo su cuerpo me avisó de que algo no encajaba en el puzle idílico que me hacía en la cabeza.
Me acerqué y puse la mano en el cuello buscando el pulso. Un ritmo lento indicaba que eran, quizá, los últimos estertores de su aliento. El cuerpo estaba frío y la lividez de su cara parecía pedir socorro de forma desesperada. Un calor insoportable se hizo sudor en mi bigote y la tapé con las sábanas de su cama de forma precipitada. Un pequeño gemido salió por su boca. Había llegado a tiempo.
Palpé por debajo en busca del origen del pequeño reguero de sangre. La firmeza juvenil de su piel resultaba tentadora y alcancé el seno que escondía con su cuerpo, bajo él, un pequeño agujero por donde la sangre brotaba lenta, pero inexorable. Busqué con qué taparle, mientras descolgaba el teléfono para pedir con urgencia un médico.
No había evidencias de maltrato ni de haber existido, como era de esperar, relación sexual consentida o forzada, solamente un cuerpo desnudo de una joven mujer a la que había salvado la vida gracias a mi curiosidad. Al llegar los servicios médicos, la recogieron y se la llevaron. La policía me hizo las preguntas de rigor y me fui con la tranquilidad de que no siempre la curiosidad mata al gato.
Pocos días después, del teléfono de mi casa surgió una voz con cierto tono misterioso e imperativo que me invitaba a asistir a una cena benéfica en el Palacio de Buenaventura con la advertencia de que habría una sorpresa muy agradable para mí. Decidí hacerle caso y asistir a la cena. La curiosidad siempre me anima cuando la pereza trata de convencerme de que una copa de vino y un buen libro es la mejor compañía un viernes por la noche.
El palacio lucía esplendoroso bajo la luna, una luna que parecía colgada de un manto negro y opaco, ingrávida y trascendente. En los cristales del segundo piso del palacio reverberaban las luces de la noche mientras las luces de la casa y el sonido surgían de las ventanas del piso bajo. Un trasiego constante de coches entraban por la cancela de hierro forjado del palacio.
El aparcacoches tomó la llave de mi Alfa Spider del 82 y lo sacó de delante de la puerta de la casa. Lo miré irse antes de entrar por la puerta, el color rojo le sentaba bien a este clásico. Me ajusté el nudo de la corbata y entré con la intranquilidad de verme navegando en insospechados mares.
Me recibió en la puerta la misma mujer a la que había salvado recientemente de morir, su cara revivida resultaba del mismo tono que la luna y sus ojos de color verde y grandes ocupaban la conversación y el pensamiento de cualquiera. Unas pecas en la nariz aportaban la candidez infantil a un rostro necesitado de no parecer demasiado inalcanzable.
  • ¿Es usted Johnny?
  • Sí..., ¿cómo sabe...? - No me dejó terminar la frase y se abalanzó sobre mi cuerpo de forma generosa y entregada.
  • ¡Oh, Johnny!, ¿cómo puedo agradecerle esto? - Me miró muy de cerca y sentí un extraño estremecimiento, como si algo hubiera ido mal. Me presentó a un grupo de personas con las que estuve hablando un largo rato.
A media noche, un atento camarero se me acercó por la espalda y me advirtió que me esperaban en la salita azul del segundo piso. Me acompañó hasta la puerta que estaba abierta al modo en que había visto la otra habitación donde tuve que salvar a la misteriosa dueña del Palacio de Buenaventura. Me adentré empujado nuevamente por la curiosidad. Me giré en el interior y la pude ver con su negro vestido de satén y sus enormes ojos verdes esperándome con una copa en la mano y una sonrisa chisposa en el rostro.
  • ¿Puede cerrar la puerta, Johnny? - Le hice caso acto seguido, y ella dejó caer su vestido mostrando su perfecta desnudez. En la ventana lateral, la luna se veía igual de impresionante. Bajo el turgente seno derecho, una pequeña muesca rojiza era el resultado de la herida casi mortal recibida. - Creo que ya sé cómo agradecerle su ayuda.
  • ¡Oh, demonios!... Ya recuerdo qué es lo que marcha mal. - Me contemplé reflejado en el espejo que había tras el escultural cuerpo. Mi traje, mi camisa y mi corbata en tonos negros me había devuelto la memoria. - ¿Se llama Amanda Life?
  • Sí..., ¿no sabía mi nombre?
  • Lo acabo de recordar..., el otro día al salir de la habitación donde usted se encontraba, sufrí un estado de amnesia temporal hasta el mismo momento en que me contemplé en este espejo ahora mismo tras su hermoso cuerpo.
  • ¿Y eso influye en algo?
  • Sí – saqué una pequeña pistola que llevaba en la pernera del pantalón y disparé al cuerpo blanquecino de Amanda Life, ella cayó al suelo rodando y me acerqué para recogerla. Su respiración era entrecortada.
  • ¿Por qué? - En sus hermosos y verdes ojos pude apreciar incredulidad y desengaño.
  • Mi nombre es Johnny Death, y es la segunda vez que le disparo. Este es mi oficio, y bien que lo siento. - Me sorprendió que muriera con una sonrisa dibujada en los labios, quizá pensara que cuando yo ganaba, ella ganaba más todavía. Quizás ahora, Amanda Life, era libre para siempre.
FIN





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