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jueves, 5 de enero de 2017

Sereno

Segundo Premio Relato Breve

 Fundación Somos de Miami

El año pasado, la Fundación Somos tuvo a bien otorgar a uno de mis relatos el segundo premio en Cuento o Relato Breve con la temática de Los Abuelos. Este relato, un poco hecho por encargo, pero con gran cariño hacia las entrañables figuras de los abuelos trata de ese momento en que los nietos simplemente pueden acompañar el silencio de unas personas que vivieron, quizás intensamente, y queda en el fondo de su mirada el fulgor de un tiempo ya pasado.

Sin más dilación, ahí queda el relato.

AL FONDO DE LA SALA
Atardecer del blog "A flor de piel" de José García - foto inmejorable para servir de pie a esta breve historia - Ruta: link
El abuelo estaba - como cada mañana - al fondo de la sala, al lado de la chimenea donde el ventanal daba más luz, cubierto por una manta de cuadros, encorvado y con una boina calada. A su lado, un bastón de madera noble y con la cara de un león de marfil en la parte más alta, descansaba. Un león que acariciba con fuerza, él, toda la mañana.
El crepitar triste de la chimenea iluminaba su cara de hielo que se volvía azulada en invierno; poco a poco - según entraba la mañana - nos íbamos acercando sus nietos para hacerle compañía por turnos y en silencio.
Primero era yo quien me sentaba a su lado mientras le frotaba las piernas con esa manta de cuadros para que no sintiera ese helador frío de la mañana. Entonces su cabeza se alzaba mostrando sus ojos, tan claros eran como el día que en el ventanal se reflejaba; sin embargo su mirada era triste y soñolienta. Una mirada clara, pero una mirada apagada que sólo mostraba el brillo de los años olvidados.
En ocasiones - en muy pocas ocasiones - esa mirada se encendía con mi sonrisa y entonces hablaba. Me contaba la historia de cuando surcó los mares en un barco velero que se llamaba Sereno; un barco ligero con velas blancas y claras que flotaban al viento y empujaban los mares, un barco que se deslizaba de oriente a occidente dejándose arrullar por los rayos, las tormentas, loa ciclones y los truenos.
Tras diez minutos felices en que sus brazos volaban mientras su boca entonaba canciones y poemas de barcos, de libertad, de vientos y de juventud; su voz se callaba; sus brazos caían vencidos por un peso invisible que los inmovilizaba, su mirada incendiada se apagaba como si una tonelada de agua sobre la mirada ardiente de mi abuelo cayera mojando las interiores llamas.
Entonces llegaban las horas de plomo, las horas oscuras del alma; esas horas en que recordabas su locuacidad cantora, su espíritu indomable y feliz que le condujo a surcar todos los vientos y a beber todos los mares. Horas calladas que se cortaban como un filo de navaja que segaba el alma.
Los nietos nos íbamos turnando para no dejarle solo por la mañana; pero esas mañanas, yo me quedaba a solas con él todas las horas para esperar un nuevo momento de luz, un nuevo recuerdo de su juventud de oro, o de su madurez de plata... Y las horas pasaban y no sucedía nada, entonces me marchaba no sin antes cerrar sus pestañas, pues parecía que estaba dormido a pesar de que sus ojos miraban a la luz de la mañana.
Un día muy de mañana, me acerqué a la casa de la Tía Lalita, allí donde mi abuelo vivía sus últimos días. Me acerqué a la sala para ver si estaba el abuelo como cada mañana. Miré al rincón, sin decir a nadie nada; allí, al lado de la chimenea que crepitaba con lástima; allí, donde la luz entraba furtiva e inquieta; allí, donde un bastón de madera noble y cabeza de león descansaba sobre el suelo; allí, en aquel rincón ya no había nadie. No estaba la silla de ruedas, ni la manta de cuadros, no estaba calada la boina sobre el abuelo como cada mañana... Allí quedaba tan solo un hueco, un agujero que horadaba el alma.
Giré la cabeza y vi a mi Tía Lala, la mujer de eterna sonrisa que siempre vivía en la cocina entre fogones que cocinaban muy de mañana la comida de una tropa de hambrientos.Me miró con los ojos tristes y la mirada callada. Así, a lo lejos, me dijo una sola y breve frase: “ha terminado el viaje”.
Supe entonces que aquel barco que fue de mi abuelo, aquel barco que olía a libertad y a vida, aquel barco cuyas velas rasgaron todos los cielos y abrieron estelas en la mar imborrables - a pesar de que en el mar todo se borra -, había llegado al destino de todos los barcos que quieran llamarse Sereno; un destino de paz y horizontes, un lugar de estrellas reverberantes en lo alto guiando el camino, una estancia donde los marineros se cuentan historias de mares remotos, de tierras extrañas, de guapas mujeres esperando en puertos misteriosos.
Allí estará mi abuelo contando sus historias al lado de una chimenea de radiantes llamas donde el crepitar feliz del fuego se funda con la luz de la mañana, donde la cabeza mira al frente siempre y la mirada sea clara y diáfana, donde los leones que son cabeza de bastones de noble madera rujan siempre con la boina calada y en sillas de madera. Allí estará mi abuelo contando historias de barcos cuyo nombre siempre será el mismo y se llamará, también allí como aquí,... Sereno. Porque hay cosas que no cambia la muerte ni la nada, hay cosas que permanecen igual siempre: el carácter de un hombre cincelado por los vientos de la mar.
Queda al fondo de la sala, una silla de ruedas vacías... Allí ya no está mi abuelo, pues surca los ignotos e infinitos mares de una travesía eterna a bordo de un barco de nombre eterno, de nombre... Sereno.

FIN

Aunque soy más de relatos negros, policiales y algo de terror; de vez en cuando no viene mal pararse a recordar las viejas glorias que llegremos a ser, los antiguos momentos que olvidaremos... porque al final ¿qué seremos al final sino un puñado de recuerdos llamados a desaparecer?
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