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People Stay

Canciones que marcan una época. Jackson Browne

Cuenta la leyenda urbana...

Cuenta la leyenda urbana que Jackson Browne estaba en un concierto, ya hacia el final, tocando la canción de The load out. Una canción realmente bonita que habla de la importancia del auditorio para un cantante, de la necesidad que el artista tiene de que sigan al autor cantando su canción. Una canción con una ordenada, trabajada y bella melodía que adolece de algo que no sabes qué es, quizás una cierta monotonía, quizás un cierto decaimiento en la historia, quizás de una más que necesaria y notoria explicidad - o sea que se explica demasiado -.



El caso es que, llegando ese concierto hacia el final y decayendo la canción, el público tuvo el imperioso deseo y necesidad de marcharse del concierto, puede que por que se aburriese o porque al hacer el cálculo entre lo bueno del concierto y la larga distancia que hubiera hasta su casa, le compensara salir antes para evitar las dichosas retenciones. Quizá había sido un buen concierto y le hubiera compensado el dinero pagado, pues Jackson Browne, tenía un nombre y cierto prestigio, pero no llegara a emocionarle en ese momento; el caso es que hacia el final de esa canción y mientras decía lo importante que es el público para el artista, parte importante del público "tomó las de Villadiego" y se marchó.

Entonces, dicen las leyendas urbanas que Jackson Browne improvisó una nueva canción que parecía dar continuidad a esa larga y bella canción, a esa larga - y quizas algo tediosa, The Load Out . y surgió una frase más exhortativa y aún más evidente con un crescendo en la canción, un mayor brío rítmico y un juego de voces agudas y graves. Una frase que daba pie a esa canción con la que siempre termina desde entonces The Load Out, una frase que supone una petición al público evidente, al público que se va porque no has llegado a emocionar con tu trabajo, una frase que dice... "People Stay" y que da nombre a esa canción, o a ese final de esa canción.

Y cuenta la leyenda urbana que tras ese People Stay de Jackson Browne la gente volvió a su asiento y se quedó, que tras esa petición improvisada de que se quedara un pocos más, la gente se quedó un poco más. Y, desde entonces, al final de cada concierto de Jackson Browne este le piode al público que se quede un poco más. Y el público olvida la larga distancia hasta su casa y se levanta para acompañar al cantante con la letras de esa canción, con sus agudas y graves y con su ritmo hasta que el cantante ya dice que no puede más y, cuando el autor va a irse, es el público el que le dice con voices graves y agudas: "People Stay"


The Load out/Stay
Now the seats are all empty
Let the roadies take the stage
Pack it up and tear it down
They're the first to come and last to leave
Working for that minimum wage
They'll set it up in another town
Tonight the people were so fine
They waited there in line
And when they got up on their feet they made the show
And that was sweet--
But i can hear the sound
Of slamming doors and folding chairs
And that's a sound they'll never know

Now roll them cases out and lift them amps
Haul them trusses down and get'em up them ramps
'cause when it comes to moving me
You know, you guys are the champs
But when that last guitar's been packed away
You know that i still want to play
So just make sure you got it all set to go
Before you come for my piano
...
But the band's on the bus
And they're waiting to go
We've got to drive all night
and do a show in chicago
Or detroit, i don't know
We do so many shows in a row
And these towns all look the same
We just pass the time in our hotel rooms
And wander 'round backstage
Till those lights come up and we hear that crowd
And we remember why we came
...
Now we got country and western on the bus
R and b,
we got disco
in eight tracks and cassettes in stereo
We've got rural scenes & magazines
We've got truckers on the cb
We've got Richard Pryor on the video
We got time to think of the ones we love
While the miles roll away
But the only time that seems too short
Is the time that we get to play
People you've got the power over what we do
You can sit there and wait
Or you can pull us through
Come along, sing the song
You know that you can't go wrong
'cause when that morning sun comes beating down
You're going to wake up in your town
But we'll be scheduled to appear
A thousand miles away from here
People stay just a little bit longer
We want to play -- just a little bit longer
Now the promoter don't mind
And the union don't mind
If we take a little time
And we leave it all behind and sing
One more song--
I want to stay -- just a little bit longer
Please, please, please say you will
Say you will
...
I want you stay -- just a little bit longer
Please, please stay just a little bit long
Now the promoter don't mind
And the union don't mind
If we take a little time
And we leave it all behind and sing
One more song--

Como toda leyenda urbana, no sé si es cierto o no eso que cuentan, pero tal como me lo contaron, yo os lo cuento. La Bitácora regresa, lo hará de vez en cuando que tan solo llevamos 98 entradas, y le pide a aquellos a los que le gusta escudriñar por los blogs a ver qué aporta la gente desconocida que pulula por los mundos de Google: "no os vayaís todavía, quedaro un poco más"... People Stay.

Dejemos como quien deja, por descuido, una cartera olvidada un par de esos microrrelatos que por ser mío puedo hacer con ellos lo que quiera.

EL VALLE DE LA ESPERANZA




“Una carpeta solitaria me perturba, me recuerda que en esta incómoda prisión de gusto refinado y confort, mis captores desean algo más. Que no les basta con la moralidad intachable de mi comportamiento, no les interesa mi creatividad..., desean mi silencio; porque si yo hablara, si contara todo lo que sé de esta sigilosa organización..., los muros que sostienen su cómoda existencia se vendrían abajo, el sistema que les alimenta abundantemente sucumbiría de modo inexorable.”

  • ¡Abuelo!, tome la pastilla roja.
  • ¿La pastilla...? Ah..., ah sí, dámela hijito.

“La pastilla roja te conduce al mismo lugar de antes. Tenía que haber cogido la azul para conocer que este mundo es una prisión para mi cerebro, nada más...”

  • ¡Abuelo! La tarta, hoy hace ya siete años que ingresó en El Valle de la Esperanza.
  • Ah, sí. Es verdad hijito..., “la institución que cuida de sus mayores”
      
    HISTORIA DE UN VASO


    Y caí de forma irremediable a un abismo desconocido para mí como quien cae en un círculo vicioso, en una profunda inmensidad de la nada donde el final se precipitaba en una caída libre dibujada en el espacio. Desde allí – en dicho espacio tridimensional - pude contemplar mi yo caído, mi brillante personalidad que se desparramaba y desaparecía para siempre. Decidí, no obstante, antes del postrer instante reflexionar sobre quién fui y los recuerdos imborrables que atesoré con el tiempo..., pues aunque a otros vi en mi circunstancia actual, la situación era novedosa para mí.
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    Mi tiempo comienza, no recuerdo bien cuando, pues fui consciente de mi realidad el día que abrí los ojos sobre la estantería blanca de un comercio de la calle Serrano de Madrid. Allí, en medio del ambiente más lujoso de la ciudad, una tienda pequeña de pequeños útiles finos para el menaje hogareño de las casas con postín, comprendí el lugar que ocupaba en la sociedad. Un lugar de servicio pero elevado con respecto a la media del menaje fabricado. Agrupado en torno a un número impreciso de compañeros similares pude apreciar en ellos el brillo y esplendor del cristal más fino, la calidad más depurada del vidrio importado; como quien se mira reflejado en un espejo, me vi al verme en ellos. A su lado, resultaba yo el punto más brillante – y no exagero nada, que la humildad no está reñida con la verdad – de toda la tienda, en mí se reflejaba diamantina la luz de los infinitos “led” del local. Mi suave tacto era codiciado por todos aquellos que se acercaban a ver la deslumbrante luz que reverberaba en mi codiciado cristal. Extasiados, me palpaban, miraban o hacían sonar una melodiosa canción que yo cantaba al acariciar con ternura el borde del cristal. Los ojos que pasaban delante de mí se detenían al contemplarme. Eran de todas las formas y maneras, ojos que circulaban minuciosos apreciando la delicada calidad del material, manos que los acompañaban – muchas veces – que me alzaban a contra luz para apreciar mi refinada figura llegando, en ocasiones, a soltar un leve gemido a través de unos labios que se encontraban por debajo de los ojos. Después, buscaban inquietos la etiqueta y volvían, tras otro extravagante sonido que brotaba arrogante y estupefacto de los mismos labios, a depositarme sobre la estantería blanca junto al resto de mis compañeros nuevamente. Podía sentir sus pasos escapando del local, podía sentir la vergüenza de su mirada al no ser capaces de alcanzar el valor de mi linaje. Era un codiciado
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    tesoro puesto a la venta al más alto precio imaginable.
    – Otra que pasa y se va, ¿verdad? - Me preguntaba amablemente mi brillante compañero de fatigas mientras yo me recomponía con gesto altivo de las menesterosas manos que me habían acariciado.
    – Estoy deseando que nos saquen de aquí y pasemos a esa mejor vida de la que todos hablan.
    – Yo también – Le respondía pesaroso. A decir verdad aquellos ojos me encendían, esas manos me iluminaban y, si me alzaban, me excitaba con gran nerviosismo para luego alcanzar el paroxismo de la depresión disimulada al depositarme al lado de mis codiciados amigos.
    – ¡Ay, qué lástima! ¡Señor, señor, llévame pronto de aquí! - imploraba mi buen y agorero compañero.
    – Ya verás que sí, el día menos pensado unos ojos hermosos y una mano delicada, se compadece de nosotros y nos busca algo mejor que estar viendo a la bella cafetera de enfrente o a la hermosa espumadera de colores infinitos de allí.
    – ¿Quién, quién?, ¡ah, sí!; ¿es bellísima, eh? Pero me dicen por la derecha que es muy arrogante y que no quiere ser manoseada por nadie. Que cuando alguien la toma en sus manos se vuelve resbaladiza y se deja caer al suelo.
    – Ya, ya lo he oído, pero es que dicen que el suelo del comercio es muy agradable, con un mullido y aterciopelado tacto que te recoge suavemente. Pero nosotros no podemos dejarnos caer como ella; alguna compañera estirada de champán, esas que viven arriba, se ha dejado caer alguna vez y dicen que ya nunca regresó a su lugar. Que, al caer, rozó con algo ahí debajo y se hizo añicos.
    – ¿Añicos dices?, ¿y qué es eso?
    – No lo sé con certeza, pero cuando sucede tienen que llamar a la compañía recogedora de la tienda y se los llevan a “cubodebasura”. Yo no sé qué es porque nunca lo vi y hay quien cree que esa es la mejor vida jamás conocida, porque tras una etapa allí te llevan dentro de bolsas de todos los colores a un lugar donde descansas para siempre de esta fatigada vida. Un lugar que llaman “vertedero”.
    – Eso son mitos, amigo mío. Yo no creo nada que no vea con mis propios ojos. No creo
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    que haya un vertedero ni un depósito después de hacerte añicos. Pasaron mis días filosóficos y cambiamos de tema tratando de hablar más de la arrogante o viciosa espumadera de colores cuyo comportamiento era un auténtico escándalo para los vasos de nuestra categoría social, no digamos para las copas de vino o para las altivas copas de champán. No dudaban en tratar tal comportamiento de libertino y desahogado, sin embargo, sabíamos bien que entre las copas de champán había comportamientos similares que rayaban en lo peligroso; pues ellas – dada su altivez – se quebraban pronto en su carácter resultando del todo inútiles después; o quedando, las más de las veces, hechas añicos para siempre. Pero en fin, yo tenía mi opinión personal y es que allá cada cual que quiera vivir su vida en el vicio de la caída y la mullida alfombra. Nacimos libres, al fin y al cabo, a nosotros nos toca escoger nuestro modo de vida. Nunca tuve yo tal tentación pues, al final, soy un vaso burgués que gusta del paño matinal y el baño de limpiacristales neutro, soy más de relajarme en este magnífico “spa” a la espera de una vida algo mejor y más digna. La seguridad es más importante que la sensación del aire en la cara o el fragor de la libertad. Así que un buen día, una hermosa señora de ojos azules y labios carnosos perfilados en un color de rojo intenso me miró, me alzó, musitó unas palabras de aprobación, vio la etiqueta y me depositó de nuevo en la repisa de madera blanca de toda la vida como tantas otras veces; entonces se marchó dejándome sumido en la más profunda depresión tan cerca del borde que decidí probar fortuna con el libertinaje para sentir la mullida alfombra de la que tantos hablaban o quedar hecho añicos para siempre. Y justo cuando iba a dejarme caer, sucedió el milagro... Ella se giró hacia mi y extendió su mano angulosa y bella, con sus dedos infinitos de largas uñas pintadas en un burdeos elegante... y me recogió en el aire – mis labios temblaron, mis ojos se humedecieron con lágrimas de emoción –. Fue aquella la sensación más placentera de toda mi vida porque luego me acarició suavemente con su exclusiva mano y me recogió junto a cinco compañeros más – mi vidrio refulgía, mi corpachón se estremecía -, me condujo a la caja registradora – mi corazón ardía, mis labios se emocionaban – pagó por mí sin regatear un auténtico dineral –, ¡ah...!, mi pecho se henchía, mi piel de la emoción se quebraba – y me liberó de mis ataduras para siempre. Me condujo hasta su casa donde me situó en un hermoso mueble botellero de teca al lado de las copas más bellas y altaneras que jamás había visto. Ellas me recibieron mal, como corresponde a los novatos - y más si son tan caros como yo -, pero con el tiempo me fueron acogiendo cuando las fiestas se sucedieron y supe rebosar del agua más fresca o recoger el vino con
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    distinción y arte - según lo que la ocasión requería -, cumpliendo así mi cometido con elegancia y porte como corresponde a mi dignidad nobiliaria. Tras unos años allí, pude ver cómo llegaban los nuevos compañeros a los que desprecié como corresponde, y vi salir del mismo lugar a algunos que fueron enviados a la condena de la cocina cuando sus paredes estropeadas perdían el brillo de la alta cuna; o incluso, eran enviados en dirección a “cubodebasura” si el estropicio era de magna envergadura. La despedida, siempre triste, se torna en vergüenza por haber compartido espacio con aquel que era condenado a ir directamente a “cubodebasura”. Jamás, allí, se hablaría de él o ella como si un manto negro en la memoria colectiva ocultara su presencia en aquel lugar. Entonces me enseñaron las copas más antiguas del lugar lo que la tradición enseñaba. Algunos, en el comercio, pensaban que esas eran las más altivas del botellero de madera noble, sin embargo las que enseñan el valor de la tradición eran sencillas copas pero antiguas - altaneras pero no altivas - que sometían a la férrea disciplina de la verdad transmitida desde antiguo, estos decían que tras una breve estancia en “cubodebasura” puedes tener la mala fortuna de acabar en vertedero – depósito, decían, era algo parecido – o gozar de una nueva vida tras pasar por “plantadereciclaje”, todo dependía de si caías en el bidón amarillo o en el verde de orgánicos. Normalmente nuestra condición daba lugar a ser depositados en bidón amarillo y de ahí a una nueva vida reluciente ya como botella, ya como vaso con el sello de reciclado. Una distinción que todos deseábamos y por la que haríamos lo que estuviere a bien hacer. Así, cumplíamos a rajatabla todos los preceptos de la norma rigurosa, aquella que impedía caer - ni por voluntad propia, ni por ajena voluntad – a un suelo de madera, losa, piedra o alfombrado. Había en ello una excepción gravísima que impedía, salvo milagro, acabar en “plantadereciclaje”y era, caer de la mesa del señor.
    – Si caes de la mesa del señor, Dios no lo quiera, – decía la copa oronda de vino tinto y añejo – entonces es el llanto, el rechinar y el crujir de dientes; pues el amo se enfada tanto que te tira de forma despectiva en el cubo de residuos orgánicos junto a los alimentos putrefactos y de allí, en un paso dentro de una bolsa ignominiosa, a... “vertedero” - Todo dicho con engolamiento y voz tenebrosa que hacía estremecer y casi quebrar al más veterano de los vidrios y cristales
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    Pues aquí estoy yo cayendo de la mesa del señor por culpa del jovencito nieto del amo, que tras intentar coger un aperitivo – Dios lo mate con lentitud exasperante – , me golpeó con la
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    mano haciéndome caer al suelo de mármol entre vaivenes miserables – que aquí, en esta casa, el libertinaje del vicio de la caída junto a la alfombra mullida no está permitido, como ya he dicho –. Ya empezó mal la tarde cuando la cuidadora de los nenes decidió emplearme para el refrigerio naranja del niño. Y ya veo al resto de las copas sentir la indecorosa vergüenza de la que no soy culpable más que por la ignorancia de la joven cuidadora – Dios la destroce en los mil añicos que ella me ha reservado como destino por su desconocimiento de la ciencia del vidrio y el cristal - y el torpe comportamiento del menor. Y ya siento el suelo tan de cerca – qué lástima después de tantos años de buen servicio a los señores henchido de vinos añejos y aguas cristalinas – que me haré añicos de forma irremediable e irremisible; me recogerán doña escoba y don recogedor con sus sudores que no ofendo, pues su trabajo es necesario aunque yo esperase de unas manos limpias para darme cumplida cuenta en unos años –. Ya oigo los gritos de los amos, ya el “¡ay!” del que nadie me libra y que me conduce hecho pedacitos miserables directo a “vertedero” - ¿Pero qué es esto...?, algo extraño ha sucedido..., algo no previsto -.
    – ¿Pero qué hace aquí esta muñeca de trapo? - Protestó mi ama – Anita otra vez, esta niña... Pero mira ha sido gracias a ella que esta vez la copa no se ha hecho añicos. ¡Fíjate que curiosa forma de romperse!, ha quedado como una estrella en el fondo del vaso..., y se ve muy bonita y distinguida... Inservible, es verdad, pero extraordinaria. La lavaré y la pondré aquí arriba sobre el mueble de teca para que todo el mundo pueda verla, es casi una obra de arte. No os voy a describir lo bello que se ve el mundo desde aquí, todos los vasos y copas me rinden homenaje y me admiran; me lavan dos veces al día y me pasan el mejor paño. Todo el que me mira dice que es una obra de arte lo que ven y que es consecuencia de la calidad y pureza de mi cristal. Un noble cristal de bohemia nunca se rompe, dicen. Nunca acabaré en vertedero, ni siquiera alcanzaré la alta dignidad del reciclaje. Soy un elemento decorativo exclusivo y elegante, un objeto que pasará – como la tradición – de generación en generación contando a todos en qué consiste la norma rigurosa de esa tradición. Todos callarán cuando suene mi voz y todos acatarán mis normas... Realmente, no se puede pasar a mejor vida.
    – ¡Hasta que venga la revolución! – Protestó un vaso de plástico arrogante desde la mesa del señor. Un vaso de alguna de esas visitas del hijo del amo... Y miré al frente displicente.


    Pues nada, que ahí queda eso, no os olvidéis de pasar por Createspace o Amazon para comprar Dentro del Pozo o La Extraordinaria Historia del Reino Prohibido. En breve aparecerá publicadA la nueva novela: Diario de un Policía y la reedición de Cuentos para Teresa incialmente publicada en United PC y, ahora que todos los derechos han vuelto a mí, serán publicadas en Createspace de Amazon. Saludos virtuales y entusiasmo a raudales y no olvidéis eso de People Stay
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