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martes, 22 de septiembre de 2015

Un cuento inspirado en una leyenda. Parte 1

El escenario: el Camino de Santiago

Brujas, lobos y hombres

El Camino Francés es la más tradicional de las rutas que recorren el Norte de España procedente de toda Europa hasta alcanzar la ciudad de Santiago de Compostela. Una ciudad milenaria en donde reposan los restos del Apostol Santiago y que es el destino de numerosos peregrinos desde hace ya un milenio.

Santiago de Compostela desde La Alameda
Santiago de Compostela desde La Alameda


Hoy en día ya sea por motivos deportivos, espirituales o religiosos siguen yendo a la ciudad del Santo miles de personas caminado, en bicicleta, a caballo, en coche, en tren o en avión. Y se ha transformado en una de las rutas más exitosas de toda Europa con el motivo religioso como excusa. A lo largo del camino, cuando lo recorres caminado, percibes cómo te adentras en una ruta ancestral donde profundizas en tu propia razón de ser y te ligas poco a poco al camino que recorres junto a los miles de peregrinos que te precedieron por esa ruta ancestral.

La fatiga, la ruta tradicional, los distintos pueblos, los bosques centenarios hacen revivir en tu presencia a los espíritus antiguos que te acompañan en esa senda a lo largo del camino, sobre todo cuando lo haces en silencio y sin mucha compañía.

camino de santiago. robles
Camino de Santiago. entre Robles centenarios


Al entrar en Galicia, los bosques te hablan de "meigas", "trasnos", brujas y espíritus buenos y malignos. Si hablas con la gente del lugar te contarán leyendas y mitos reservados para unos pocos, Cosas que sucedieron, quizás, hace mucho tiempo y que aparecen dibujadas en el bosque, en las sendas, en las más altas colinas o en las ramas de los árboles que hablan, piden auxilio retorciéndose en tu busca o te advierten de un peligro inminente.

Y, entonces, Te preguntarás si eran ciertas o no esas leyendas de Santas Compañas y hombres lobo a las que no diste crédito alguno.

Más adelante, cuando el frío del bosque te acompañe, cuando los robles y castaños te susurren al oído nuevamente esas leyendas a las que no diste crédito, quizás escuches el aullido del lobo que vaga en busca de alimento y darás por ciertas esas leyendas y muchas otras que se ocultan en las raíces misma de esta tierra que te conduce entre brumas, lluvias y paciencia a la milenaria ciudad de Santiago de Compostela.

lobo en el bosque
Un lobo te invita a andetrarte en el bosque de Trotaconventos del Caurel...¿Quieres entrar?


Una de estas leyendas habla de una mujer que llamaban "Trotaconventos del Caurel" y empieza así...

TROTACONVENTOS DEL CAUREL – PARTE I

La pendiente se retorcía entre castaños y robles cuando la ventisca comenzó. La nieve caía con violencia contra nuestros rostros fatigados tras una jornada demasiado extensa. Santiago de Compostela quedaba lejos todavía cuando el viento comenzó a chillar entre las hojas y las ramas que se sacudían violentas. Nadie había en el camino que conduce a la ciudad del Santo, decidimos caminar durante el pleno invierno hacia esta ciudad centenaria con el ánimo de encontrarnos en la soledad de los caminos con los espíritus de los peregrinos medievales que recorrían Europa entera para abrazar al Apóstol.

No nos guiaba un ánimo religioso propiamente dicho, pero sí teníamos un impulso espiritual. Caminar por las estepas te ayuda a encontrar algo en tu interior que desconocías y el cansancio te obliga al silencio y la reflexión. Sin quererlo, paso a paso, golpe a golpe del báculo tradicional y de la venera sobre tu pecho te vas adentrando en tu propio ser de un modo inconsciente; entonces comienzas a tratarte como antes nunca lo habías hecho y a quererte porque superas la fatiga y te comprendes, de alguna manera.
nieve en el camino de santiago
Nieve en el Camino de Santiago

Iba farfullando contra la decisión que había tomado Jimi de continuar unos veinte kilómetros más para adentrarnos en tierras gallegas a la altura de Vega de Valcarce. tras una copiosa y agradable comida. El camino, que parecía claro y despejado, se había cerrado en una nube negra primero para introducirnos, poco después, en una densa niebla que nos había obligado a equivocar la ruta y, ya, un poco más arriba - en dirección a Pedrafita - buscábamos encontrar la senda que nos lleva a Compostela cuando un frío polar se hizo sentir entre las ropas... congelando primero mi nariz, luego mis labios y al final hasta los dedos de los pies parecían témpanos bajo la piel curtida de las botas.

La lluvia fina había dejado paso a una nieve blanquecina que caía suave y esponjosa sobre nuestras espaldas cuando el camino serpenteaba blanqueándose lentamente y enfriándose más rápidamente todavía. Un ambiente gélido y navideño que provocaba cierta inquietud en la soledad del bosque de robles y castaños.

Nuevamente, el viento arreció violento entorpeciendo nuestro paso; nos cubrimos con abrigos y mantas e intentamos buscar un refugio en las cercanías del lugar en donde estábamos. Nuestros pies se iban hundiendo a cada paso en la nieve que empezaba a acumularse, manto sobre manto, hasta una copiosa columna que hacía difícil el camino. Nos miramos asustados, pero decidimos continuar pues no había forma de retroceder.

Los pasos se desvanecían a nuestra espalda con la joven nieve que caía y el camino desaparecía a nuestro frente entre la espesa vegetación del bosque húmedo y albino. La situación se tornaba peligrosa a cada paso aunque la estampa era bella, el ritmo trepidante de nuestro corazón nos hizo apurar el paso para alcanzar algún lugar donde cobijarnos.

La nieve cubría desde la gorra al abrigo y blanqueaba nuestra masculina barba helando nuestros labios; esa misma nieve impedía ver ya nuestro entorno y se hacía cada vez más copiosa y dolorosa pues el viento la hacía golpear violenta contra todo, y ese todo nos incluía a nosotros obviamente.

Entre la espesura verdiblanca se adivinaba, de repente, una especie de refugio de piedra con planta redonda y tejado de paja, la tradicional “palloza” de estas tierras del noroeste de España. Una vivienda rústica y antigua que las gentes del lugar habitaban todavía no hacía demasiado tiempo. Apuramos el paso para acercarnos al lugar, teníamos comida y abrigo para aguantar, al menos, la noche que se nos había venido encima.

palloza bajo la nieve
Palloza bajo la nieve


El refugio sería suficiente para aguantar esta ventisca, así que apuramos el paso con la satisfacción de vernos a salvo cuando el negro manto y – paradojas de la vida – blanco, había caído sobre nuestras cabezas; así veníamos pensando a medida que nos aproximábamos a nuestra “palloza”.

Al llegar a ella, la puerta se abrió saliendo como de un bucle perdido dentro del tiempo una anciana pequeña de cuerpo encorvado y rostro arrugado y anguloso. Caminaba ligera apoyada con una mano en su bastón y, con la otra, sujetando una manta que giraba en torno a su cuerpo cubriendo la cabeza, el tronco y las piernas. La manta se arrastraba por la joven nieve que había alrededor de la casa.

  • ¡Buenas tardes, señores! Pero, ¿qué hacen por estos parajes dejados de la mano de Dios? - Hablaba en castellano con un marcado acento gallego y su voz parecía chirriar en algunas consonantes sonando estridente en ocasiones, la voz de una anciana de elevada edad.
  • Nos podría cobijar esta noche, vamos camino de Santiago... La fuerte ventisca nos ha sorprendido en medio del camino.
  • ¡Oh, claro! Pasen, pasen. Mi morada es humilde, es la casa que me dejaron mis padres... Pero será suficiente para evitar el frío. Tengo encendida la lumbre con leña seca. Pero, díganme, ¿cómo han venido a caer aquí, tan lejos del camino?
  • Cierto, es que la niebla era muy espesa y nos debimos confundir en algún momento. - Contesto Jimi
  • Pues se han confundido bastante, estamos en el Caurel a más de veinte kilómetros, por lo menos, del “Camino Francés”.
  • ¿Veinte kilómetros? - Preguntamos extrañados al unísono.
  • Sí, sí. Lo menos. Y el poblado más cercano anda a quince kilómetros de aquí. Además las noches como estas son peligrosas. Entren, entren... caballeros que la noche se cierne y el frío temporal trae vientos de cólera y hielo de tiempos inmemoriales.
  • ¿Peligrosas? - pregunté inquieto
  • Claro, hijo, anda el lobo rondando y cuando hay nieve tiene más hambre. Mucha hambre. Pues las fieras se esconden y en la desesperación se enfrenta a su enemigo más fuerte... ¡el hombre! - Resultaba una anciana de curiosa explicación pues parecía personalizar en uno sólo a esos supuestos enemigos - supuse que habría más de un lobo - pero pregunté por si acaso.
  • ¿Un solo lobo?
  • No, “rapaz... Una manada deles”. Una jauría, dicen, ¿no? Pero por estas tierras nunca andan en grupo, son cazadores solitarios. Muy peligrosos,... no solo para el ganado. A mi hermano (ya hace tiempo) lo descuartizó un lobo una noche como esta... ¿Cómo se llaman, ustedes?
  • Oh, es verdad no nos hemos presentado. Me llamo Luís y, este que está tan callado es Jimi. Y usted, amable anciana, ¿cómo se llama?
  • Bueno me llaman de muchas maneras, no todas buenas. Las más de las veces me llamaban la “Trotaconventos” cuando me acercaba al pueblo. Pero de esto hace ya tanto tiempo, hace años que no voy por el pueblo.
  • Vive sola por lo que veo, y cómo sobrevive.
  • ¿De qué vivo? Tengo unas cabras y algo de campo donde planto lo que necesito. Estoy sola desde hace casi veinte años cuando mi marido se murió. Pero estoy bien aquí sola en contacto con los árboles y la montaña que me cuentan sus secretos más ocultos. Hoy por la mañana cuando el viento se levantó me andaban diciendo que algo extraordinario iba a ocurrir, que iba a recibir una visita. Pensé que se refería a la Santa Compaña o alguien así que me llevara al “otro barrio”, pero ya ven, resulta que son ustedes. Sorpresas que traen los vientos del invierno.
interior de una palloza
Interior de una palloza


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