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Un relato más bien romántico (III)

El final del relato

Un clima inquietante


Si por algo se distinguen los relatos románticos al estilo de Poe o de Bécquer, además de su cuidado empleo del lenguaje, tan estético al final; es por la capacidad de generar un clima inquietante a lo largo de sus narraciones.

Sucede esto incluso en sus poemas, ya hemos hablado del poema de Annabel Lee pero me gustaría dejar constancia de que Bécquer también tiene esta capacidad de generar el ambiente propicio en sus poemas y relatos. En su rima LXXIII contemplamos la capacidad de recrear un clima romántico hasta el extremo en el entierro de una niña.



Cerraron sus ojos 
que aún tenía abiertos, 
taparon su cara 
con un blanco lienzo, 
y unos sollozando, 
otros en silencio, 
de la triste alcoba 
todos se salieron.


La luz que en un vaso 
ardía en el suelo, 
al muro arrojaba 
la sombra del lecho; 
y entre aquella sombra 
veíase a intérvalos 
dibujarse rígida 
la forma del cuerpo.


Despertaba el día, 
y, a su albor primero, 
con sus mil rüidos 
despertaba el pueblo. 
Ante aquel contraste 
de vida y misterio, 
de luz y tinieblas, 
yo pensé un momento:


¡Dios mío, qué solos 
se quedan los muertos! 



Continúa el poema pero, para ejemplificar cómo se crea una ambiente romántico donde la temática y la estética construyen un todo - algo descolocado - donde, incluso en la tragedia, la estética impera. Esa es la razón por las que los Cuentos de Poe con una temática terriblemente oscura gozan del prestigio literario que tienen. Y es que el fondo y la forma son un todo en el Romanticismo.








Terminemos el relato pendiente y que se explique él mismo si tiene lo que hay que tener.





LA COLINA DEL OLVIDO PARTE III
(...)
La historia que contaron al respecto por los mentideros de Madrid, sin embargo, distaba mucho de ser la verdadera historia. Como ecos del lugar resonaban por la Corte de Madrid falsas habladurías al respecto que aseguraban que Clotilde y Jacques se habían escapado a París dejando solo al Conde de Argamasilla, mientras que la desdichada criada, Aldonza - amante de Jacques por aquel entonces-, se había suicidado tirándose al río nada más conocer la noticia de la huida de su ama y de su amado Jacques.

A la desdichada Aldonza la trasladarían para ser enterrada a Villanueva de los Infantes, su patria chica. Nadie abrió aquel féretro vacío antes de ser enterrado, pues el Conde no quiso que las pruebas de su crimen salieran del Palacio como morbosa prueba de su enloquecida personalidad

El Sexto Conde de Argamasilla organizó, desde entonces, grandes celebraciones en su palacio haciendo siempre un brindis por su esposa y su amigo Jacques cuando el alcohol había cegado su espíritu y la locuacidad del noble hombre hacía acto de presencia. Este brindis que dedicaba a “su amada esposa” mirando con los ojos extraviados a la chimenea, resultaba casi parte del protocolo de sus celebraciones sin que, salvo Juana y Jaime, nadie comprendiera las razones de tan exagerado comportamiento. Los niños crecieron a la sombra de esta trágica historia, arraigada por la morbosa costumbre de su padre de hacer de la chimenea el centro de todo acto público, como almas oscuras y torturadas; hasta que una noche todo cambió.

Había cumplido, Don Luis, los sesenta años cuando, tras la celebración de la Nochevieja de 1826 a 1827, se despidió de los amigos quedando a solas en la sala con sus dos hijos; el Sexto Conde estaba borracho como una cuba. El discurso apestoso, lastimero y cruel del padre que habló con dureza, no solo de Clotilde, si no que despreció a “todo cuanto ella había producido en vida” - en clara alusión al poco afecto que sentía por sus dos vástagos - precipitó los acontecimientos que iban a suceder a lo largo de esa extensa noche.

Al día siguiente, al amanecer, apareció el cuerpo sin vida del Conde colgado de la viga que sostenía la lámpara de cristales de Bohemia del Salón de la Chimenea con una cuerda anudada en el cuello y un crujido incesante procedente del roce de la maroma con la viga. La patética imagen quedaría dibujada en la retina de cuantos la contemplaron, sin embargo, nadie lloró esa muerte, ni el servicio, ni tampoco ninguno de sus dos hijos.




- ¿Quién le mató en realidad, Jaime? ¿Fuiste tú o fue tu hermana?

- No lo sé. Todos los que lo vimos colgado del madero, sabemos que no fue un suicidio. Pero yo no lo maté. Eso te lo puedo asegurar. Y quizás tampoco haya sido mi hermana. Mi padre tenía muchos enemigos. Y nosotros, aunque teníamos fundados motivos, no habíamos sido especialmente maltratados por él. Clotilde, mi madre, distaba bastante de ser una madre entregada a sus hijos, en realidad.

- ¿Sigue tu madre emparedada en la Sala de la Chimenea?

- Oh, no. Mi hermana ordenó, al día siguiente de morir mi padre, enterrarla a su lado ... quizás como una última venganza hacia ambos..., en la parte trasera de la capilla del Palacio sin lápida alguna para no alterar la historia de su huida ni dar cabida a mayores comentarios sobre el asunto. Por encima de la verdad, está el buen nombre de la familia. Tú, Antonio, ¡chitón!, ni palabra de esto..., ¿de acuerdo?

- Permaneceré mudo sobre el asunto. No te preocupes.´


Alcanzamos la colina que conduce al palacio, y el vieja castillo castellano que se oculta tras sus cuatro torres afrancesadas y culminadas en tejado de pizarra me miraba amenazante al alcanzar la puerta de la entrada. En la ventana reverberaba la luz de una vela encendida por encima de la gran puerta de madera, en aquella ventana de mirada fría y distante se podía apreciar la bella silueta de una mujer hermosa que me miraba llegar junto a Jaime al despuntar el alba, como quien responde a una voz profunda y grabada a fuego en lo más oculto de su alma; en el inhóspito lugar donde la razón no alcanza y el instinto manda.

El sol apuntaba ya a otro día de un tórrido de verano. Jaime se retiró a sus aposentos a dormir con paso apesadumbrado y triste cual lacayo que cumple con los deseos de su dueña mientras Juana descendía tranquilamente con la nobleza que su estirpe impone por la escalera central del Palacio. Al llegar a mi lado y, sin mediar palabra, me miró con los ojos inquietantes de quien se sabe obedecida en sus deseos, entonces tomó mi mano para conducirme a su alcoba.



Allí, entre viejas sábanas de seda heredadas de su difunta madre, disfrutamos de nuestros jóvenes cuerpos. Su piel blanca y suave era dulce como la miel, y su mirada me traspasaba el pecho acechando mi alma de forma inquietante y peligrosa. Yo estaba entregado a sus caprichos y deseos pero en el fondo de su mirada, una turbia y oscura sombra me nublaba el corazón. Juana escondía en su interior los íntimos misterios de la muerte de su padre y los encerraba para siempre en una caja oculta en su memoria protegida y sellada con varias llaves.

- ¿Lo mataste tú, Juana? - Le pregunté mirando fijamente a esos ojos claros y turbadores cuando culminamos nuestro primer momento de pasión. Ella no me contestó. - Fuiste tú. ¿Verdad? - Insistió en su silencio que era como una espada que atravesaba mi enamorado corazón. Ella me acarició la espalda hasta llegar al pelo y acercó mi cabeza a su boca y me besó con elocuencia.


El beso de Juana selló mi boca desde entonces y supe que jamás me contestaría a esa pregunta. La sombra de su mirada me acompaña cada mañana de cada sábado, cuando Jaime me conduce al Palacio en una ceremonia protocolaria donde su hermana me utiliza para satisfacer sus más ardientes deseos en un silencio turbador. Mantengo con ella, una relación oscura y silenciosa que me somete a las más altas cumbres del misterio y el placer. Un secreto que guarda Juana en la colina del deseo y el olvido.

FIN





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