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Crash

Tiempos Actuales

Un hombre perdido en un mundo actual: "¡Ja!" - 2ª Parte

Completaré la historia de Ja, el relato breve que empezamos perdidos en la traducción, con la obra maestra del cine actual que es Crash y es que esta película es un compendio de los mundos actuales e intentaré explicar por qué. No voy a resumir el argumento porque llevaría mucho tiempo y acabaría matando lo que quiero contar.


Matt Dillon salva a Thandie Newton

Crash es una película dirigida por Paul Haggis, tan bien concebida, tan bien elaborada que parece una obra de ingeniería pues de una descripción objetiva hecha de la ciudad de Los Ángeles y, a través de encuentros fatales y accidentales, acaba por hacer una radiografía intimista y personal de esa amalgama de civilizaciones, culturas, etnias y religiones que es una ciudad occidental actual. Pues lo dicho para Los Ángeles sirve para París o Madrid (en gran medida).

Son muchas las vidas cruzadas que suceden y los actores que las interpretan, pero creo que es justo nombrar a Sandra Bullock como la estrella detonante del cruce de accidentes como la mujer del fiscal con sus propios problemas que es asaltada por dos afroamericanos que huyen en su Navigator. Un hispano  - Michael Peña - le arregla la cerradura y escucha las soflamas racistas de la mujer del fiscal.
El famoso cacheo de Matt Dillom


Por otra parte el Policía, Matt Dillon encuentra otro Navigator conducido por una pareja adinerada de afroamericanos. Cree que pueden ser los culpables del asalto, cosa que resulta imposible. A la hora de cachear a la pareja, Matt agrede sexualmente a la mujer, interpretada por Thandie Newton como esposa de Terrence Howard. El policía parece tomarse cumplida venganza de algo en esa actitud y la mujer se siente humillada, no solo por el policía sino también por la actitud acobardada de su pareja.

El cerrajero, al regresar a su casa, ve a su hija Lara bajo su cama atemorizada. Daniel (ese es el nombre del cerrajero) le pone una capa mágica que le protegerá mientras duerme. Y, a partir de aquí, se sucederán un sin fin de hechos que nos conducirán a un final accidental e inexorable, pues la tragedia se masca desde el principio. El modo en que los prejuicios van construyendo miedos, y el miedo, enemigos potenciales.

Esto sucederá cuando circulando en un coche dos de sus actores coincidirán en dos cosas: uno, que no se entienden, que hablan de cosas diferentes y otro es que ambos tienen un San Cristóbal - una capa invisible para que les proteja de los accidentes -. Pero, en este caso, va a ser el detonante del trágico asesinato, pues disparará a bocajarro creyendo que va a sacar un arma del bolsillo cuando solo iba a mostrar su San Cristóbal.

Es una secuencia muy interesante pues si el San Cristóbal nos hace iguales (con un valor simbólico), la ignorancia nos hace miedosos y el  miedo (en frase célebre de Yoda) nos conduce al lado oscuro, en este caso la violencia y el asesinato. Puede que no sea del todo cierto, pero parece que es lo que Haggis quiere contar.

Daniel, sin embargo, sí es socorrido por la capa invisible de su hija cuando le iban a disparar en otro momento de la película pues ella salta para protegerle y así, el que le iba a matar - en un absurdo momento de locura - no lo mata pues al final la pistola solo tenía cartuchos de fogueo. Lara es para Daniel, su ángel. Y también para el asesino potencial que abre los ojos ante lo que iba a hacer y no llegó a hacer. En este último caso, la ignorancia, sin embargo, salva a Daniel, pues el autor de los disparos no sabía que el cartucho rojo eran de fogueo.

La película es fruto de los momentos convulsos actuales que tiene que ver con la ausencia de fronteras y con la convivencia cultural diversa. Algo que siendo inevitable, trae consecuencias que pueden ser desastrosas o esperanzadoras; los clichés preestablecidos y los prejuicios nos impiden ver a la persona que vive bajo la capa de una cultura diferente, de un modo de pensar diferente, de una actitud diferente.

Newton vejada

Paul Haggis profundiza en las razones últimas de esta civilización que parece nacer de un choque accidental y al final encuentra al ser humano con sus explicaciones ruines o excelsas para sus comportamientos tan confusos que deja a una sociedad sumida en la incertidumbre del... ¿Y ahora qué va a pasar? Como quién lanza una moneda al aire y espera que salga cara o cruz.

Y al final Matt Dillon salvará de morir en el accidente a Thandie Newton, de modo que la mujer maltratada por el policía socorrerá al arrepentido Matt del daño causado. Una hermosa escena que explica algo de la capacidad de perdón y la necesidad de ser perdonada que tiene nuestra sociedad. Y es que esta peli de Haggis destila un optimismo dentro del desastre que agrada, quizás sea mentira... o quizás no..

Con esta segunda parte concluye el Relato Breve JA, cuyas circunstancias accidentales explican en gran medida el origen del desastre, para algunos.


    JA
    PARTE 2
El desapacible tiempo me acompañó tras ir a visitar al dueño de la fábrica. Sabía, de primera mano, que quien había intentado recomponer su pieza más valiosa había dado la vida quizás innecesariamente. Procuré ser certero en el relato, pero no quise dar nombres para evitar el castigo que el jefe tenía preparado a aquellos que impidieron que el artista recompusiera su preciada pieza de artesanía.
Para mi sorpresa, el jefe, respetó mi voluntad; quizá pensó que esta Fuenteovejuna del mal que se había apoderado de su casa era invencible; o que, si nadie iba a recomponer su obra, ¿para qué el castigo? En cualquier caso suponía, aquello, el reconocimiento tácito de un fracaso, el abandono definitivo del objetivo de su vida.
El artista no había muerto solo, pues con su marcha había acabado con el reinado de aquel jefe, antes violento y cruel; ahora inteligente y sensato que parecía retirarse a sus cuarteles de invierno esperando que la nieve caída se hiciera, lentamente, agua intrépida que cayera por los montes como cola de caballo y que anegara los prados victoriosos de la primavera, moteando en cárdenos, añiles, granas y amarillos el verde intenso de los prados.
Caminaba entre charcos que el asfalto escupía como cristales victoriosos, como dardos que juveniles y ardientes limpiaban la herrumbre de la ciudad, la polución asfixiante del otoño que se situaba en el centro como una seta oscura. El agua de la ciudad oscura es el bautismo de su alma que la limpia y hace pura. Arriba las nieves de la sierra nos contemplaban y sometían a su influjo, abajo la ciudad anegada como veste virginal se mostraba sin macha, preparada para recibir el espíritu de una nueva etapa. Una etapa menos prosaica y violenta, más poética e infantil.

Sandra Bullock, ¿pero qué hace mal esta actriz?
Pensaba sobre la suerte del artista y la decisión del jefe. Pensaba sobre los gatos negros y los vientos violentos. Pensaba sobre el descanso de los lobos. Me detuve a mirar el palacio del jefe que se erguía como efigie neogótica y sombría, como amenaza permanente, y sentí que los lobos quedaban tras sus muros amenazantes como amenaza permanente. “La muerte del artista” - pensé - “¿nos habrá librado nuevamente de los lobos?”
Abrí el paraguas después de sentir las copiosas gotas sobre mi sombrero y empapando mi barba irregular hasta el gaznate. Una luz amarilla se encendía en lo alto de la torre, una luz que me recordaba que todos los demás estaban a cubierto y que, tras hablar con el jefe e intentar salvar al artista, quedaba yo a expensas de las furias de todos. Mi silencio me condenaba a la soledad y al riesgo de la muerte. Cualquier paso del jefe, cualquier recorrido que hiciera, haría pensar en mi actuación como una delación.
Tragué saliva y cerré la boca. Miré alrededor, las sombras se movían a ritmos irregulares y sospeché de cada una de ellas, de la sombra de los coches y del sonido lastimero de la lluvia, de las pocas personas que se atrevían a salir con esta lluvia. La ciudad se engalana con los chaparrones, pero resulta mejor esperar al siguiente día para apreciar la limpieza y el verdor de los parques reflejados en los cristales.
Un movimiento a mi espalda resonó, el metal y el cristal tras un chillido ensordecedor amenazaba con la sangre y la muerte de un accidente contra la puerta del palacio del jefe. Alguna fuerza oculta se rebelaba contra él pues del vehículo salían llamas amarillas y rojas, azules y claras que quemaban el pórtico del palacio haciendo del metal un amasijo. Los chillidos de aquellos que ardían en el interior del vehículo eran el preludio de una guerra que empezó cuando, tras el vehículo, aparecieron turbamultas con garrotes en la mano y saltaron por las llamas hasta la puerta del palacio. En lo alto, una cabeza se asomaba dibujado en el amarillo de la luz de aquella habitación, con leves movimientos ordenaba a sus lacayos impedir la invasión.

Aunque no lo parezca, es la imagen más esperanzadora de Crash, un manto invisible protegerá a los tres como un san Cristóbal

Aquella era mi ocasión de escurrir el bulto, pues habían decidido no arriesgar y poner fin a la tiranía del jefe. Tiranía relativa, hay que decir, porque lo cierto es que solo había ordenado no tocar aquella pieza de valor. Pieza que había sido destrozada por unos y otros de forma inmisericorde, solo el artista intentó recomponerla. ¿Dónde estaba él, ahora?
La turba era una masa sin conciencia, una masa que no sabía valorar el perdón de aquel jefe. Inconscientes, decidieron acabar con su sometimiento y, si habían destrozado aquel tesoro, ahora acabarían con su reinado, con su trono y con su justicia. Aquellos que no comprendían el castigo, tampoco apreciaban su misericordia. Por eso se lanzaban contra él, porque le habían creído débil.
Miré al cielo para sentir el agua acompasada sobre mi rostro, respiré con fuerza y decidí defender al jefe de aquella masa informe dirigida por el capataz, aquel hombre capaz e inteligente que había sido puesto en tal cargo de confianza porque había sido entrenado por el mismo Jefe. Aquel por quien tantos desvelos había padecido. Aquel, tan querido, fue el líder de la revuelta. Cosas del miedo. Ahora aspiraba a derrocarlo y poner en su silla de jefe otra quizá mayor, más cruel y violenta.
Buen papel de Matt, gran película de Haggis

Tomé el bastón, deslicé mi mano sobre su empuñadura y giré con fuerza la muñeca. El puño se venció y dejó salir el filo de una especie de florete, saqué la hoja por entera y me dirigí sobre las llamas en busca del capataz que esgrimía un garrote recio y fuerte. Cuando me vio se giró a por mí para decirme que era una sorpresa agradable tenerme como enemigo. Yo le admiraba por su inteligencia y su capacidad de liderazgo, pero no podía consentir que él, precisamente él, quisiera derrocar al jefe. Luchamos a vida y muerte mientras los demás miraban considerando que de esta batalla saldrían victoriosos o condenados para siempre.
Me deshice de su garrote y lo tuve sometido a mis pies con la espada apuntando a su garganta y decidido a atravesar su gaznate con el filo. La lluvia caía sobre nosotros virginal y pura, su rostro aterrorizado se descomponía a mi mirada. El filo de la espada reflejaba las tenues luminarias de la calle, el reverberar de las luces me hizo estremecerme y pude ver el reflejo de una luz amarilla que procedía del palacio. Allí, el jefe contemplaba con amargo rostro el sometimiento de su hombre más querido, casi parecía que hubiera preferido caer derrotado ante las huestes de su amado capataz.
Me miró y comprendí lo que quería. Me decidí a obedecerle en su gesto, retiré el filo de su garganta y sometí a la grandeza de su juicio la condena merecida del capataz. Este le miró, bajó el rostro y se retiró al lado oculto de la ciudad con sus turbas, allí donde las prostitutas y los proxenetas se reparten las ganancias del mal, allí que es el reino de truhanes y asesinos, de ladrones y rufianes que se odian y detestan. Allí le dejó el jefe habitar por el resto de sus días.
Envainé la espada y me fui con la conciencia de que había obrado un milagro. La lluvia cesó. El Jefé cerró la ventana y la luz amarilla se apagó. Los coches dejaron de arder. La ciudad durmió en paz y yo me fui silbando una canción y recordando al artista y pensando que, quizá, volviera alguna vez del otro lado del acantilado a explicarnos las razones de su muerte. Sospeché que sin ella nunca los culpables habrían salido de su escondite y jamás se hubieran rebelado contra el Jefe haciendo fe de su maldad.
Sin ese extraño final nunca se hubiera limpiado la ciudad. Pensé que nunca se reconstruiría del todo la codiciada pieza del jefe, pero quizás pudiera construir otra cosa, otro objeto parecido o aún mejor. Quizá sea necesario que algo se rompa para construir sobre sus cenizas lo perfecto. Con estas ideas me retiraba para evitar que nuevas lluvias me llevaran a mí por delante. Escondido de ellas continué mi vida en silencio.




FIN

    Este intranquilizador relato nada tiene que ver con las novelas salvo alguna escena trágica que tiene Dentro del Pozo que sigue a la venta en CreateSpace Amazon, ni con La Extraordinaria Historia del Reino Prohibido que lo estará en pocos días (espero).








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