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Justo y bueno

Rubén Darío y Unamuno

Rivalidad poética

Conocida es la rivalidad mantenida entre Miguel de Unamuno y Rubén Darío, conocida es también la ordenada vida del autor de San Manuel Bueno Mártir y la desordenada vida de Rubén, hombre dado a los excesos. Es conocida la visión que atribuyen a Valle Inclán sobre las perspectiva de que Unamuno no tenía los pecados veniales de la carne sino los mortales del alma, mientras que Rubén caía en los pecados de la carne mas carecía de las maldades que se atribuyen a las almas pequeñas.



Dos personajes tan dispares solo pueden dar fruto dispar, sin embargo existe en su rivalidad destellos de una piscología extraordinaria, el conocimiento profundo de sus repectivas psiques, de sus recíprocas almas. Así, cuando Unamuno hizo público en el ambiente más elevado de las letras castellanas la visión que de Rubén tenía, con la expresión de que "se le veian todavía las plumas de indio bajo el sombrero", sumió en el desconsuelo al bueno de Rubén pues pocas cosas se me ocurren más desdeñosas que mencionar "el pelo de la dehesa que nunca se despega" a quien aspiraba a ser un Verlaine de las letras españolas.

A ese afeamiento de la práctica poética (y no poética) de Darío, donde señalaba simultáneamente lo pretencioso de su afán a la vez que le recordaba gravemente lo bárbaro de su origen, respondió con la solvencia que le caracterizaba al bueno de Don Rubén haciéndole ver al bueno de Don Miguel que "era con una pluma que se sacaba debajo de su sombrero con la que escribía sus versos" y continuaba recordándole a quien respetaba como poeta que "había que ser justos y buenos".



Obviamente, Darío al recordarle esa obligación cristiana calaba en la hondura espiritual de Unamuno, el cual sabía que de nada sirve escribir como los ángeles si no se aspiraba a hacer de la justicia y la bondad una premisa mayor para cualquier humanista que se precie de serlo. Reclamaba así que le tuviera por lo que quisiera, pero que no hiciera de menos a sus versos pues era conocido de todos la belleza que se desparramaba de esa pluma de indio que anidaba todavía bajo su sombrero.

Quizás Unamuno despreciase el mundano modo de comportarse o reclamaba una poética desnuda de artificios y con profundidad espiritual como la propia, o quizá había en sus palabras una callada envidia por el modo en que las letras de Darío dibujaban formas y revoloteaban alegres y divertidas, tan alejadas de ese modo adusto en las formas con que escribía Don Miguel de Unamuno.

Sea como fuere, escribió Unamuno una carta postrera ante el fallecimiento de Rubén Dario donde reconocía no haber sido ni justo ni bueno con él en vida, y prometía enmendarse en tal afán tras su fallecimiento, cosa que hizo. Lo cierto es que siendo dos grandes exponentes de la literatura castellana, Rubén había visto en la poesía de Unamuno mejores cualidades de las que Unamuno había percibido en Darío.

Unamuno puso en su poemario "Teresa, rimas de un poeta desconocido" como prólogo, la extraordinaria valoración que había hecho de su poesía Rubén Dario, dentro de ese poemarío podemos hacer mención del poema Teresa con el juego de paradojas con la que hace mención a la santa de Ávila:


Si tú y yo, Teresa mía, nunca
nos hubiéramos visto,
nos hubiéramos muerto sin saberlo:
no habríamos vivido.

Tu sabes que morirse, vida mía,
pero tienes sentido
de que vives en mí, y viva aguardas
que a ti torne yo vivo.

Por el amor supimos de la muerte;
por el amor supimos
que se muere; sabemos que se vive
cuando llega el morirnos.

Vivir es solamente, vida mía,
saber que se ha vivido,
es morirse a sabiendas dando gracias
a Dios de haber nacido.

Poemas espirituales y profundos que riñen con la exhuberancia y hermosura de los versos de Darío como riñe la espiritualidad castellana, abigarrada y seca, con un vergel nicaragüense; la gravedad profunda del alma con la estética sensual del final de siglo XIX parisino. Pongamos como ejemplo su Sonatina:



La princesa está triste... ¿Qué tendrá la princesa?
Los suspiros se escapan de su boca de fresa,
que ha perdido la risa, que ha perdido el color.
La princesa está pálida en su silla de oro,
está mudo el teclado de su clave sonoro,
y en un vaso, olvidada, se desmaya una flor.

El jardín puebla el triunfo de los pavos reales.
Parlanchina, la dueña dice cosas banales,
y vestido de rojo piruetea el bufón.
La princesa no ríe, la princesa no siente;
la princesa persigue por el cielo de Oriente
la libélula vaga de una vaga ilusión.

¿Piensa, acaso, en el príncipe de Golconda o de China,
o en el que ha detenido su carroza argentina
para ver de sus ojos la dulzura de luz?
¿O en el rey de las islas de las rosas fragantes,
o en el que es soberano de los claros diamantes,
o en el dueño orgulloso de las perlas de Ormuz?

¡Ay!, la pobre princesa de la boca de rosa
quiere ser golondrina, quiere ser mariposa,
tener alas ligeras, bajo el cielo volar;
ir al sol por la escala luminosa de un rayo,
saludar a los lirios con los versos de mayo
o perderse en el viento sobre el trueno del mar.

Ya no quiere el palacio, ni la rueca de plata,
ni el halcón encantado, ni el bufón escarlata,
ni los cisnes unánimes en el lago de azur.
Y están tristes las flores por la flor de la corte,
los jazmines de Oriente, los nelumbos del Norte,
de Occidente las dalias y las rosas del Sur.

¡Pobrecita princesa de los ojos azules!
Está presa en sus oros, está presa en sus tules,
en la jaula de mármol del palacio real;
el palacio soberbio que vigilan los guardas,
que custodian cien negros con sus cien alabardas,
un lebrel que no duerme y un dragón colosal.

¡Oh, quién fuera hipsipila que dejó la crisálida!
(La princesa está triste. La princesa está pálida.)
¡Oh visión adorada de oro, rosa y marfil!
¡Quién volara a la tierra donde un príncipe existe,
(La princesa está pálida. La princesa está triste.)
más brillante que el alba, más hermoso que abril!

-«Calla, calla, princesa -dice el hada madrina-;
en caballo, con alas, hacia acá se encamina,
en el cinto la espada y en la mano el azor,
el feliz caballero que te adora sin verte,
y que llega de lejos, vencedor de la Muerte,
a encenderte los labios con un beso de amor».

Muchas rivalidades se han escrito en español, esta es una bella forma de expresar en verso la gravedad con que este idioma puede expresarse y lo díscolo que se vuelve el mismo idioma en otras manos porque - sean las musas o un Creador - a uno le dieron (le dió) el Don del cincel que esculpe la piedra de granito y a otro el arte de dibujar música con las palabras.

La estética les divide y el reconocimeinto mutuo, al final, les hace iguales. Dos grandes de nuestras letras que, a fuerza de hacerse pequeños como todos nos haremos, fueron justos y buenos entre ellos y con nosotros al dejarnos estos versos.



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