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El boxeador

De pobres diablos y la ciudad cosmopolita

Toro Salvaje y los vientos de ciudad

El boxeo, como los toros, es un tema siempre polémico. Y más hoy en día en que los temas políticamente correctos parecen comer terreno de forma inexorable y casi fugaz a las prácticas (deportivas o no) más atávicas del ser humano. Hablar de forma natural entre amigos de toros, boxeo o caza se me antoja un arduo tema de conversación en el que el esfuerzo por razonar desalienta de tal manera que casi prefieres no caminar por esos terrenos procelosos de las posverdades de nuevo cuño.

No soy una persona que se pueda decir aficionada a ninguna de estas tres prácticas, ni asiduo a ellas, ni estudioso de estos temas; pero se me antoja que las tres responden a ancestrales y necesarios comportamientos del género humano. Prácticas que, a fuerza de ser imprescindibles, ha tenido que reñir con su propia naturaleza para ponerle límites, reglas y, cuando la ocasión era propicia, algo de arte.



Hoy quiero hablar de boxeo, desde dos puntos de vista: el de aquella canción que accidentalmente conocí siendo niño y me atrapó de tal manera que la tuve que traducir para poder entender lo que decía. Me refiero a la canción que Paul Simon y Garfunkel interpretaron hacia los setenta: "the boxer". El otro punto de vista es el de la película "Toro salvaje" que Robert de Niro interpretó con su toque neoyorquino, tan del Bronx, que él siempre deja en sus interpretaciones más sublimes. A veces simplemente se interpreta a sí mismo, que no es poca cosa.

Y es que ambas perspectivas se explican por sí solas para reconocer los lugares comunes del boxeo: la necesidad de sobrevivir o de salir de los bajos fondos de las grandes ciudades cosmopolitas. El boxeo cuando estaba rodeado por el humo del tabaco y las mafias que pululaban por las primeras filas era un mundo exuberante, un reflejo del combate con reglas precisas y árbitros amañados en donde solo los mejores destacaban y sobresalían. ¿A quién no le gustaría retroceder a los tiempos de Cassius Clay cuando su danza hipnótica sobre el ring atolondraba a los más grandes para dar su golpe definitivo?, desde su mordaz reto a los grandes campeones de entonces hasta el rebote de los cuerpos sobre la lona, todo era una alegoría de la vida. El duro combate de la vida, entre la necesidad de combatir y el deseo de hacer de ese combate casi un arte.



El hombre sometido al miedo - descrito en blade runner -, ese miedo que te hace esclavo y que luego desaparecerá como lágrimas en la lluvia que es capaz de obrar extraordinarias secuencias y que deberían quedar prendidas en la retina para siempre. Pero solo si hay reglas precisas que se respetan...¡Ah!, y por descontado borraría las secuelas de los combates y apostaría por el boxeador que fuese siempre libre al ring, y pidiera bajarse de él cuando quisiera... Pero me temo que las cosas no funcionan así, el boxeo es lo que es, con todas sus miserias morales y con todo el esplendor de ver a un hombre combatir sin más armas que las reglas, su técnica y su fuerza contra otro semejante.

Martin Scorssese lo borda al narrar la vida de Jake Lamotta (DEP) en Toro Slavaje, en esta película se describen las miserias y grandezas del boxeo con interpretaciones memorables de Robert de Niro y Joe Pesci con secuencias ante las que sucumbes preguntándote hasta dónde puede llegar el ser humano llevado al extremo, su ansia de ganar, de imponerse como el campeón de los pesos medios a pesar de tener "manos de niño". Extraordinaria película del mejor encajador que ha tenido el boxeo..., al final el que resiste vence, ¿no?



La famosa canción de Paul Simon que narra las desventuras de un mal boxeador, de un pobre diablo que harto de que los vientos de ciudad le hieran quiere huir de vuelta a su casa, quizás a los extensos campos de Montana, de regreso a la granja de su padres... vuelta atrás. Una canción evocadora de esos bajos fondos en los que el boxeador que siempre encaja y cae a la lona, se harta y antes de huir despavorido del ring y de la City, golpea más fuerte que los demás dentro de las doce cuerdas y, entonces, todo cambia y los reconocimientos y vítores por haber pegado más y mejor que nadie le transforman, y él se queda preso dentro de las doce cuerdas del ring de boxeo para siempre.

Queda el regusto amargo de saber si haber pegado más fuerte que nadie es, al final, una condena y que huir de aquella locura era, seguramente, la mejor idea, dedicarse al ganado y al campo en los extensos campos de Montana. ¿Quién sabe?, lo que sí es cierto es que - tal y como dice la canción de Joaquín Sabina - "el alquitrán del camino embriaga más que el suave vino del hogar". Así es el boxeo, no parece lógico que dos semejantes se peguen por dinero dentro de un ring..., y en medio del combate te detienes con la idea de salir de allí pero, de repente, una buena combinación te devuelve a nuestra realidad más antigua: ¿no es, al fin y al cabo, lo que llevamos haciendo desde que dejamos de ser polvo de la tierra?



Mi breve relato es una pequeña metáfora que implora cualquier cosa antes de morir de aburrimiento porque, a veces, detesto hasta el límite de mi existencia la virtud de la paciencia. Esa que espera y espera y nunca desespera... Por Dios, dame de todo, menos el tedio, el aburrimiento más atroz que solo se vence con paciencia.


LA CONFESIÓN



Así es, Señor Comisario, la conocí en lo más oculto de la ciudad cuando un fracaso me condujo a aquellos lúgubres lugares donde nada hay que hacer, donde nadie espera nada ya de ti, donde las sombras permanecen dibujadas en la pared un días tras otro, quietas.

Allí estaba ella, con su rostro de porcelana blanca esculpido por siglos de imperecedera quietud. Su piel tersa y suave con la belleza fría y expectante, una sonrisa serena – ni excesiva, ni exagerada -. En aquel lugar era la señora que dominaba aquella extraña paz expectante y tensa.

Una imagen elegante con su vestido de seda negra que descansaba sobre su cuerpo haciendo homenaje a la imperecedera belleza, pues en la mirada que ponías sobre ella quedaba depositada ingrávida la serenidad y lo eterno.

Creo que Dios mismo se enamoró de ella según dicen los que saben de mitos y leyendas.

Me acerqué a ella un día en que su irresistible atractivo me obligó a olvidarme del nervio de la huida, del trajín de esta ciudad inquieta y amarga. A su lado aprecié el valor de esas sombras imperecederas y estáticas, el valor de la paz que viene desde dentro. La belleza de la espera.

Un día comprendí que, a su lado, todo se alcanza... pero se hace tarde, justo cuando tus ojos caen de sus cuencas, cuando la piel se marchita y el cuerpo vuelve al polvo. A su lado todo se alcanza, sí, cuando somos pasto de la noche y de las alimañas.

Por eso la maté, Señor Comisario. Porque mi piel se estaba haciendo de porcelana como la suya, porque la sangre dejaba de bullir bajo ella y se enfriaba; porque a su lado, yo iba a ser exclusivamente una gárgola cuya sombra inmóvil permanece dibujada en el rincón más lúgubre de la ciudad.

  • ¿Mató usted a una virtud?
  • No pude soportar el tedio. Condéneme, pero se lo ruego..., no me aburra eternamente.





 
Y ahí dejo el relato, en Createspace tenéis algo mío... y pronto habrá más. Saludos.
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