El secreto que no puede guardarse
Durante un tiempo, Montefaro fue nuestro. No es una forma de hablar. No quiere decir que nos gustara especialmente, ni que lo conociéramos bien. Quiere decir que nos pertenecía , como pertenecen las cosas que uno aprende a recorrer con el cuerpo antes que con las palabras. Montefaro era un lugar cerrado, protegido por una valla militar que pedía el paso. Solo entrábamos nosotros y la población militar. No había visitantes, ni miradas ajenas. Aquel monte, aquella vista, aquella ría, eran un mundo reservado. Desde la Bailadora , a casi trescientos metros, la ría de Ferrol no parecía un paisaje: parecía un secreto . La boca era estrecha, defendida por los castillos de La Palma y San Felipe , como si aún hubiera algo que custodiar. Enfrente, Brión cerraba el horizonte. Todo estaba contenido, recogido, como si el mar dudara antes de entrar. Nos sentábamos en corro sobre la vieja batería de costa , de granito, de principios del siglo XX. Era abombada, más cercana a un obús que a un ca...